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José Manuel García Marín

Relatos o Artículos propios

REVISTAS LITERARIAS

REVISTAS LITERARIAS

Hay que agradecer las iniciativas, el trabajo de quienes se esfuerzan por mantener viva la literatura, desde la perspectiva que sea, a cambio de nada, sólo por el íntimo placer de hacerlo. Y mucho más, cuando se nos ofrecen gratuitamente. Estoy hablando de dos revistas literarias. Una, de México: "Narrativas", en la que Magda Díaz Morales y Carlos Manzano brindan la posibilidad a nuevos autores de presentar al público un relato suyo, mezclados con escritores consagrados, con la única condición, eso sí, de que sean de calidad.

En este número, el 5, colaboro personalmente con un relato; pero prometo firmemente que mi comentario no es en correspondencia a ello. Mi cuento, en esas páginas electrónicas, ha pretendido ser una humilde aportación a esa labor gratuita que dichos editores desarrollan.

Se puede bajar de internet desde el enlace que le tengo puesto en el blog, o desde aquí

La otra revista es en papel. Está editada por la Asociación Aragonesa de Escritores y dirigida por Magdalena Lasala. Se titula: "Criaturas Saturnianas" y no es gratis, pero casi, porque por diez euros anuales se reciben las dos que se editan al año. Para quienes estén interesados, pueden dirigirse al e-mail: asocesar@unizar.es

Por cierto que el editorial del 2º semestre de 2006 es poco menos que asombroso, ya que Magdalena Lasala cuenta cómo el presidente de la comarca de Albarracín rechazó colaborar con la indicada asociación de escritores porque: "Ese tipo de congresos no nos interesan". Y es que lo suyo debe tender más a las ferias de ganado. Pero es que la Comisión de Cultura (¿de cultura?) de la Diputación Provincial de Teruel denegó su apoyo "por unanimidad". ¿He dicho asombroso? Pues no sé por qué lo he dicho. ¡Si es que, a veces, me levanto demasiado temprano!

 

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¡Esto es una escalera!

¡Esto es una escalera!

Escalera de Alonso de Covarrubias del actual Museo de Santa Cruz, en Toledo. El edificio fue concebido como hospital. Fue obra póstuma del Cardenal Mendoza, quien dejó lo necesario para la construcción en su testamento. La escalera fue construida entre 1515 y 1535.

Yo creo que sobran los comentarios, su belleza habla por sí sola.

 

 

 

 

 

Edición del III Certamen de Relato Breve "Gerald Brenan"

Edición del III Certamen de Relato  Breve "Gerald Brenan"

El Ayuntamiento de Alhaurín el Grande ha editado, en un sólo libro y con todo esmero, los tres primeros cuentos del III Certamen de Relato Breve "Gerald Brenan", entre los que, como primer finalista, se encuentra el mío: "La lámpara de plata", sobre la Málaga musulmana del siglo XIV. El título del ganador es: "El placebo", de Juan Canovas Ortega, y el del segundo finalista: "El coleccionista", de Ignacio López Soriano. La calidad del relato del primer galardonado no admite discusión, pero la del segundo finalista no le va a la zaga.

Es una edición no venal, por lo que no será distribuida a librerías. El único modo de conseguir un ejemplar es solicitándolo a la Casa de la Cultura de Alhaurín, cuyos teléfonos son: 952490070, 952594819 y 952595599.

A este certamen han acudido ciento cincuenta escritores de España, EE.UU., América central y del sur e, incluso, de Serbia.

 

 

 

Feliz año 2007

Feliz año 2007 Desde aquí os deseo a todos un año de paz, salud y felicidad. ¡Ah! y que los Reyes Magos os traigan muchos libros.

"La lámpara de plata" Relato finalista

"La lámpara de plata" Relato finalista
Mi relato, "La lámpara de plata", ha quedado como primer finalista en el III Certamen de Relato Breve "Gerald Brenan".
Este cuento está basado en un hecho real, en cuanto a la petición de explicaciones al cadí (juez) de Málaga, en la primera mitad del siglo XIV, por parte del visir nazarí, sobre lo ocurrido con respecto al contrato de compra-venta de una huerta, y al dictamen de dicho juez, cuyo comprador considera que contiene un "vicio oculto", al no haber sido informado, con anterioridad a la compra, sobre el asesinato de una mujer en la tierra objeto del contrato.
Los nombres del visir, del cadí, matrimonio vendedor, comprador, y del donante de la lámpara de plata, que verdaderamente ornamentó la mezquita mayor, son reales; así como los espacios urbanos, las puertas, los edificios y sus funciones. Con ello, he pretendido describir la Málaga de entonces, con su mezquita, de trece naves, sus atarazanas, su puerto, sus callejas, etc. Algo que le debía a mi ciudad.
El Excmo. Ayto. de Alhaurín el Grande publicará, en Enero de 2007, un libro con el relato ganador y los de varios finalistas.

El convento de Santo Domingo el Antiguo (Toledo)

El convento de Santo Domingo el Antiguo (Toledo)
Próximo a la plaza de Padilla, a este convento de monjas cistercienses se le visita por el atractivo de contemplar tres obras auténticas de El Greco que están expuestas en la iglesia, obra de Juan de Herrera. Este es objetivo suficiente, pero la visita continúa, y es entonces cuando lo inesperado se transforma en gratísima sorpresa, porque en el trascoro nos aguardan multitud de objetos, obras de arte y curiosidades admirables, como el documento fundacional, en pergamino ovalado, que se encontraba dentro de una caja de la misma hechura que contenía sellos de cera, partidos al abrirla; unos artesonados espléndidos, piezas textiles de terciopelo y brocado -en especial el del Agnus Dei-, relicarios, el comulgatorio, la mínima salita en la que, a través de una rejilla, el sacerdote daba la comunión a las religiosas... No digo más, mejor es ir y disfrutarlo (de esta ciudad, la de mayor número de monumentos por metro cuadrado de Europa, este convento, aun estando dentro del circuito turístico, es posiblemente el menos visitado). Como muestra dejo aquí la foto de este delicioso armario de 1757, cuya función era la de archivo de legajos, que puede verse en la última sala.
Domenico Theotocópuli pidió ser enterrado aquí, y en la cripta se encuentran sus restos, muy cerca del claustro... el Claustro del Laurel.

El Museo de la Celestina

El Museo de la Celestina

La Puebla de Montalbán, en Toledo, tiene una población inferior a 8.000 habitantes, pero es uno de esos rincones con sabor a cultura, historia e iniciativas que encuentra uno de vez en cuando.

Puede que Fernando de Rojas, con nacer en él, dejara su impronta, pero lo cierto es que sus actuales paisanos han sabido valorar su obra. Lo digo porque, aparte de su Plaza Mayor, deliciosa, y sus monumentos, como la imponente Torre de San Miguel, el Palacio de los Condes de Montalbán que, aunque muy deteriorado por la indiferencia de sus aristocráticos propietarios, tiene una portada plateresca magnífica y unos balcones de soberbias rejas, o la Iglesia de Ntra. Sra. de la Paz con artesonados mudéjares en las tres naves de que se compone, los pueblanos le han dedicado un museo al genial escritor que fue inaugurado en febrero de 2003.

El Museo de la Celestina, es un centro cultural en continuo movimiento. Han publicado una edición de lujo de la obra, con ilustraciones basadas en los 31 cuadros que encargaron al pintor Teo Puebla para el V Centenario de la primera edición, y otra, más accesible a los bolsillos y con las mismas ilustraciones. En la planta baja exponen la colección de acrílicos, facsímiles de las primeras ediciones, una visión documental de La Puebla y una sala dedicada a Fernando de Rojas.

Además, han decidido presentar al público algunas de sus cuevas (alrededor de 200 en total), que forman un entramado subterráneo que servía para huir de la Inquisición y practicar los ritos prohibidos por el culto cristiano. Estas rutas son guiadas y en ellas se realizan representaciones de diferentes historias relacionadas con su uso o con escenas de La Celestina.

Como decía, una población no muy grande, pero ejemplar en el número y calidad de sus actividades. Hay mucha más información en:

http://www.pueblademontalban.com/TURISMO/TURISMO/turismo.html

 


 

Luminosidad levantina

Luminosidad levantina

            No había recorrido yo la costa de Castellón y Valencia, pero en estas vacaciones he tenido la oportunidad de disfrutarla. Y no me refiero a bañarme en ella, sino de contemplarla, de oler y de recorrerla asido a manos amigas que saben señalar calas, rincones, pueblos; perenne la luz y el color de este Mediterráneo nuestro, capaz de adquirir apariencias nuevas en cada orilla sin perder esa ancestral personalidad suya, generadora de civilizaciones y cuna de culturas.

¡Qué luz! Castellonense, griega, tunecina, malagueña... es la misma luz que, complacida en derramarse sobre las tierras de sus márgenes, retorna festiva. Así, son dos luces: la que el sol proyecta y la que luego reverbera jubilosa, risueña, y que, ahíta la glándula pineal, provoca, incontenible, la alegría. Acaso tan radiante porque envuelve sedimentos de milenario contenido. Ese poso de historia que tremola, diversa y rica, en las riberas. Aquí, ¿qué piedras no han visto gloriosos hechos? Si hasta Papa tuvimos, clandestino y apartado, en la fortaleza templaria de Peñíscola, que parece emergida del mar, fundida a la roca o engendrada por ella. El Papa Luna. ¿No habría de llamarse así? La luna que, tremenda y mágica en todo este Oriente, de Castellón a Valencia, se asoma a las ventanas de los templos trocada en jirones de alabastro.

Palacios, castillos, mercados, cerámica, pintura... ¡qué densidad!, ¡cuánta belleza!

Se me quedaron grabadas las risas, restallantes, prendidas a los ojos, como llamas; y aquel amable dedo avisador de arcos, de torres vigía armadas de matacanes, de norias, de puertos, de mar. Siempre el mar. Y es que, ¿sabrá de mares un marino?, ¿sabrá de fuegos y alborozos una valenciana? Gracias, Modesto. Gracias, Merche.

 

El camino del sol (Final)

El camino del sol (Final)

      Al fondo, el cáliz de reflejos dorados cuyo vino, allí mismo, se convirtió en sangre en otro tiempo, el Grial. La alegoría de aquello que busca el hombre que ansía comprender y que, cuando lo halla, no necesita buscar porque lo encuentra en todas partes, donde estuvo siempre: en la tierra, en el agua, en el cielo, en la mirada de aquel peregrino, oculto detrás de sus ojos, tal vez ignorantes de su divino contenido.

      Sentado, ve en la distancia grupos que coronan cerros, que descienden altozanos, paso a paso, cumplidores todos del camino, pero cada cual del suyo, sudando su propio esfuerzo. No hay diferencias de edad, ni de sexo, sólo complicidades entre cientos de motivos; cada uno, una gota de ternura. Hay que curar los pies dañados y al ser curado, admitir no haber tratado con el mismo amor, aquellos pies desconocidos, no haberse reconocido en el otro, en la otra. Sentimiento de pesar que no abandona ni al cruzar la refrescante nube, subido a la lluvia. “Arrepiéntete para después arrepentirte de haberte arrepentido”.

      Al doblar el recodo, irrumpe el sentimiento inquietante, la conciencia de la soledad, el miedo. Se desata la reacción; desde el núcleo de su corazón se abre camino la fuerza que lo supera, ¿cómo perderse en el bosque, si es el bosque el que puede perderse en él? Ahora es la emoción, henchida de placer, que sustituye al miedo, la magia del poder. Ya no hay senderos por los que perderse porque puede andarlos todos, pero ninguno a él.

      Se acaban las corredoiras, largas, frescas, techadas de hojas verdes con muros de castaños aterciopelados por el musgo, piedras de calzadas romanas entre hilos de agua. Es el final de tantos pasos; la recompensa, que espera en un arca dentro del templo, no es sino de unos huesos que claman, que atraen. No se sabe bien de quién, acaso los de todos. 

      ... Las crines se levantan al viento al lanzarse, de súbito, al galope. Decenas de guerreros crean un círculo en movimiento, un torbellino de hombres a caballo, simulando el simbólico “triskel”. En el centro de la polvareda una figura, un anciano, el druida con el poderoso muérdago entre las manos... En su recuerdo brotó la estampa de la que imaginó señora de los bosques. Ojos de aguas profundas y voz de aguas tranquilas. 

El camino del sol (2)

El camino del sol (2)

      La sucesión de viejas ermitas, de iglesias románicas, piedras también, piedras venerables que guardan en su interior la sagrada elevación del hombre bajo el manto de la penumbra. Las marcas de los canteros, el esfuerzo, el agotamiento, la purificación. La luz, la luz en torrente, la “luz de León”. Los cientos, quizá miles, matices de la luz. La alquimia de la luz en la materia, sublime preludio de la alquimia de la luz en el espíritu.

     Vibró su alma extasiada ante una catedral erigida al Conocimiento que, en principio, procede del exterior, para descubrir que el protagonismo no lo acapara el gótico del interior, sino la luz que proviene de fuera y que al penetrar por las bellísimas vidrieras origina esa multiplicidad de colores ("...Una es la luz, pero el color es vario, afines o contrarios, a tu antojo." Ibn Zamrak); la luz que, al interiorizarse, produce la alquimia, la transmutación que debe realizar el hombre con el conocimiento que percibe fuera, asumiéndolo, haciéndolo suyo. La luz que hace la luz.

     Andar en la madrugada, a punto de amanecer, de encenderse el cielo. Abajo, valles inmensos; alrededor, enormes montañas. Parar, hay que parar ante la grandeza que dilata el asombro. Seguir para parar de nuevo por una lágrima de rocío sobre una ínfima flor; absorto, arrobado por el misterioso y delicado destello de esencia que traslada a otros vislumbres, que reducen la noción del tiempo y del espacio. A la vuelta, una nube de mariposas; al pasar entre ellas, inesperada, la frase de Ibn Hazm: “Exhalo amor de mi como el aliento y dejo las riendas del alma a mis ojos enamorados”. El cuerpo más ligero, más liviano, aun en las subidas; es el efecto de la frase, que envía a otros mundos, a los confines de otras vivencias, ¿quizá a otras vidas? Es un camino cristiano, ¿podría recorrerlo un sufí? ¿Acaso templarios no recorrieron caminos sufis?

     Era temprana la mañana cuando alcanzó las pallozas. El cuerpo bañado de sudor; el pecho, colmado de jadeos. La pequeña iglesia prerrománica esperaba abierta. Al entrar en ella, se cruzó con otro peregrino. Sonaban cánticos gregorianos suavemente, tan tenues como las sombras del diminuto templo... (Continuará)  

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El camino del sol (1)

El camino del sol (1)

      Aún la frescura y el verdor de las umbrías de las corredoiras en la reciente memoria, enfiló las escaleras que bajaban hasta la plaza del Obradoiro, ya atenuada la novedad de la llegada y cumplidos los rituales casi milenarios. La plaza rebosaba de gente expectante a la vista del enorme escenario plantado en un lateral, bajo las estrellas.

      Un fuerte golpe, como el del martillo del herrero contra su yunque, hizo vibrar todo el espacio ayudado por los potentes amplificadores. Inmediatamente le siguió otro, y otros nuevos se fueron sumando hasta componer la caótica melodía de una herrería de cíclopes. De improviso surgió una masa de músicos, cada uno con su instrumento: gaitas, tambores, trompetas, platillos, violines... que se agregaron en rítmicas oleadas, tornán­dose el caos en armonía aunque con fuerza atronadora.

      En su cerebro se hizo lugar la imagen nítida de una multitud en las montañas. Eran guerreros celtas, todo un ejército, pero no dispuestos para el combate. Flameaban las banderas al viento, los caballos se levantaban sobre sus patas traseras, piafaban nerviosos, rompían en relinchos. Los guerreros profirieron gritos hasta aunarse en un cántico, secundado por los tambores y las gaitas. No había guerra; era la unión de los pueblos y la celebración de la diosa madre, la Tierra que, atendiéndoles, les transmitía su energía, su fuerza, visible en los cuellos y nervios de sus corceles, que parecían percibirla a través de sus patas... 

    

      Volvieron a su mente las escenas vividas. El paso por los caminos, las piedras, el sudor, la soledad por la Tierra de Campos, el polvo, blancas las botas, blanco el camino, tostado el campo abrasado por el sol. Los símbolos, las cruces templarias, la tau antoniana, los hospitales, descanso y consuelo de anónimos peregrinos sumidos en la lejanía del tiempo, grabada su pisada en el eco de las piedras. La contemplación entretenida en los milladoiros, alzados en lugares inesperados; montículos de piedras depositadas como homenaje y solicitud a los dioses bienhechores de los caminantes. Invocaciones milenarias cuya existencia actual admira y desconcierta... (Continuará)

Granada a pincel (Final)

Granada a pincel (Final)

...Encontraremos, entonces, la enorme mole del Albayzin, con callejas de líneas sinuosas, voluptuosas, femeninas, entrecortadas por otras igualmente curvadas, que crean un fuerte efecto de movimiento, de ritmo aparentemente incomprensible, si se está inmerso en ellas, pero apacible y armonioso, visto desde arriba, que, aun sin advertirlo, penetra en nuestro ánimo, adecuado don de una acrópolis sagrada de columnas cipresinas. A la izquierda, el Sacromonte, perceptible pero difuminado, como contrapunto de reposo a la mirada.

Las rígidas líneas rectas de la Alhambra, verticales, seguras, estables, cómplices de las horizontales, sin las cuales no son nada, sólidas éstas y masculinas ambas, protegen un mundo de sensualidad, que ocultan, como un cofre de hierro de perfiles dentados, su interior cuajado de encajes. Ellas absorben la atención de nuestras pupilas, descansadas por el efecto de los tonos del Albayzin, ocres y blancos punteados de verde oscuro. Es una masa menor, pero equilibra, por su emplazamiento, en el imaginario lienzo, y por el grueso de las umbrosas pinceladas que semeja el bosquecillo de la colina, con tal efecto de realce, que aísla la Alhambra de la tierra y la hace levitar, como si de una roja llama se tratara, anhelante de cielo. Podría intuirse que ascendiera, que huyera, si no fuera por el límite impuesto por el trazo blanco de las nieves de la sierra, que la retiene estática. Allí se unen hielo y fuego indefinidamente, improfanables, envueltos en el azul granadino; ni aquél se funde, ni éste se extingue.

         Desde esta perspectiva, el observador queda sumido en el silencio, y si, al pasear, tenía un destino al que dirigirse, lo olvida, lo pierde, se abandona, sometido a esa alquimia mágica que lo hará permanecer sumergido, ya para siempre, en esta ciudad, atanor de la belleza. Quizá es que Granada sea el recipiente y nosotros el objeto a transmutar. 

 

Granada a pincel

Granada a pincel

             Así como con la luz de las hogueras el hombre prehistórico adquirió tiempo y, por tanto, autonomía, cuando estuvo preparado para salir de las cavernas y construir chozas, obtuvo la posibilidad de asentarse, en grupo, en lugares más adecuados o de su gusto, y gozó de una nueva porción de libertad.

Esas cabañas, esos primitivos poblados, fueron el origen de las futuras ciudades. Los materiales empleados, ramas, hojas o pieles, con el paso del tiempo fueron reemplazados por otros más resistentes que les ofrecían mayores garantías de cobijo, así como surgieron rudimentarias vías para moverse entre ellas y plazas para celebrar sus asambleas. Caóticas debían de ser estas calles, estrechas, insuficientes, pero efectivas según sus necesidades. Mas, a medida que el ser humano avanzaba, la “ciudad” debía acoplarse en beneficio de sus habitantes. Con la invención de la rueda se habilitaron avenidas para dar paso a los carros, y con el empleo de la piedra se construyeron murallas de defensa que les proporcionaron seguridad, pero a costa de la limitación del espacio. No quedó más solución que edificar hacia arriba, y las casas crecieron en una o más plantas, diferenciadas entre sí por su tamaño, altura, color, etc. Más tarde se dedicaron a embellecer sus pueblos, sus villas, acaso porque el hombre se complace en la hermosura. Las ciudades entonces tomaron “cuerpo” y se distinguieron unas de otras. Se las dota, pues, de un aspecto particular, una fisonomía que las caracteriza, pero, ¿la fisonomía creada permanece muerta o retorna al hombre en alguna medida? ¿No imprime carácter? ¿No influye sobre el habitante? Si esto es así, recíproco, deduciremos que, observando a la ciudad, obtendremos una aproximación de la idiosincrasia de sus moradores.

La cuestión ahora consiste en elegir un método que nos permita percibirla, y un lugar, si la extensión de la totalidad es considerable. En el caso de Granada, la elección de éste es bien fácil: la vista desde el Albayzin, con el Sacromonte a un lado y al frente el conjunto de la Alhambra. El procedimiento: contemplarla como se hace con un cuadro... (Continuará)

Viejos senderos de al-Ándalus (Final)

Viejos senderos de al-Ándalus (Final)

El Fuego 

Es Lawsa (Loja), ancestral confluencia de caminos, la que nos conduce a Granada por la vega del Genil, hasta el largo y estrecho cuello de la redoma que comienza en Bib Ilbira y se completa en la roja Assabica. En ella cristalizó la Alhambra, cuajada de mucarnas, tras las que se fraguaron cielos ocultos a la mirada del profano.

 

El propio espacio, los azulejos, las cúpulas, sus muros bordados, contienen el homenaje a las diferentes tradiciones místicas, hermanadas en la convergencia. Los planetas, astros de sublimes firmamentos, instruyen al humilde, que contempla exta­siado la emanación de la Unidad y, una vez rendida la nuca, doblega voluntad y entendimiento a la frase que encuentra bajo sus ojos: “Sólo Alá es victorioso”.

 Cuatro de los leones, los que marcan los puntos cardinales, nos advierten -en las frentes insertos triángulos de fuego-, del fuego que aquí purifica y funde en uno los caminos. Tanto fuego, que aquí quedaron los más bellos rescoldos.

Viejos senderos de al-Ándalus... senderos iluminados.

Viejos senderos de al-Ándalus (4)

Viejos senderos de al-Ándalus (4)

La Tierra 

Cualquier camino es bueno para llegar a Córdoba. Todos cumplen, rebasados, los requisitos para descubrir la ciudad califal, elemento tierra, como analogía de la razón humana en contraposición a la vía del arrobamiento espiritual. Sin embargo, esto no es del todo cierto, pues todas aquellas figuras destacadas que cultivaron la razón acabaron por trascenderla: Averroes, que fue perseguido por su exégesis del Corán, demasiado libre, curioso en exceso y excesivo en el respeto a la opinión de un simple adolescente visionario: Ibn al-Arabí. Maimónides, convencido de que la revelación no estaba restringida a determinados seres escogidos, que consideraba fundamental la inspiración, de la que decía que era como “el fogonazo del relámpago en la oscuridad profunda de la noche”.

Entre las columnas de la mezquita de Córdoba, firmes, equilibradas, escrupu­losamente ordenadas, como conviene a la razón, ¿no es el mismo mihrab quien la trasciende? ¿Qué es ese destellar de estrellas?, ¿qué, esa luz enamorada? (Continuará)

Viejos senderos de al-Ándalus (3)

Viejos senderos de al-Ándalus (3)

El Aire

 

En la costa se levanta el viento que arrastra briznas de mar hasta Pechina (Almería), la antigua Bayyana, y allí emprende la subida a la Sierra de la Alhamilla para perfumar cabelleras de palmeras. Bate el viento mientras la fuente arroja sus aguas termales, como lo hacía allí mismo otra, la del Conocimiento, cuando el lugar era la cuna del sufismo andalusí, hace nueve siglos, y la boca del maestro, Ibn al-Arif, rezumaba aljófares de sabiduría. Si la una era caliente, la otra abrasaba fibras del alma.

El aire, médula vital, hacía tremolar el manto del “Hijo del Vigilante” en medio del palmeral. Los discípulos, arracimados en torno a él, atendían mensajes de despoja­miento, de aniquilación en Dios, de anonadamiento en el Amor, que posteriormente dejaría por escrito en su “Mahasin al-Mayalis” (“Los Ornatos de las Sesiones”), obra de la que se admiraría Ibn al-Arabí, el murciano, el más grande místico que ha dado el Islam.

En palabras suyas “...favorecido por el castigo y castigado por el favor”, el espíritu de Ibn al-Arif, halcón extático, se remontaba sobre las cimas de la Sierra de la Alhamilla. (Continuará)

Viejos senderos de al-Ándalus (2)

Viejos senderos de al-Ándalus (2)

Otros, siempre nacidos como débiles sendas, quedan prendidos a la cadena de generaciones y crecen, prosperan, se dilatan tanto que, al modernizarse, parecen perder singularidad pero, debajo del asfalto, perviven los mismos anhelos y continúan, con idéntico caudal, manando sus alfaguaras de magia. De tal manera que lo que creímos viaje, por efecto transmutador, se torna peregrinaje de itinerarios alquímicos, en cuyas esencias prevalece uno de los cuatro elementos sin que, por razón de su hegemonía, los demás queden del todo ausentes.

 El Agua 

Desahuciada pero altiva, se alza en Córdoba la noria de Abu-l-Afiyya. Como un presagio, cuelgan desvalidos los cangilones desdeñados. Aquellos que elevaban el agua hasta el alcázar Omeya, para surtir los jardines de belleza.

Hacia el sureste nos aguardan restos, recuerdos de otras muchas azudas que, entre gemidos del eje, bebían sus arcaduces del Guadajoz (Wadi-al-Jubz. Río del Pan) desde Al-Qalat (Espejo) hasta el Molino de Benifanin (Albendín).

Por la campiña baja, velada por milenarios cultivos de cereales -la comarca era el silo de Hispania en tiempos de Roma-, parte la vía romana que sintió, sobre sus piedras, los cascos del caballo de César cuando éste se dirigía a sitiar Ategua, allá sobre la Loma de Teba, cuyos habitantes eran afines a los hijos de Pompeyo. Inútilmente esperaron la ayuda de Cneo, pero no llegó nunca y hubieron de rendirse a pesar de la doble muralla de defensa. Sólo entonces, César cruzó el río por su único vado para enfrentarse con las tropas pompeyanas, a las que venció en ágiles escaramuzas, dejó refuerzos al sur y se retiró a Baena, que había sido incendiada por ser partidaria suya. Desde allí partió el gran estratega hacia Munda e infligió la definitiva derrota a los ejércitos de Cneo y Sexto, que sufrieron treinta mil bajas entre sus filas. Los muros de Ategua fueron reconstruidos más tarde por los almohades, pero su suerte había sido escrita en páginas de extravío y hoy sólo quedan ruinas en las que sobreviven lagartos y alucinógenas mandrágoras.

Cuando el cántico del muecín resonaba en el cielo de Al-Qalat, de Qastruh (Castro del Río), de Molino de Benifanin, fluían, como ahora, las aguas del Guadajoz, ese río salado, corredor de vida y también de muerte. Muerte, porque mataba a sus hijos con riadas repentinas. Vida, porque hacía brotar las huertas, siempre acompañadas del salmo lastimero de innumerables aceñas.

Giran las norias como ruedas de fortuna, en un único círculo de opuestos. Unas veces vida, otras... muerte. (Continuará)

 
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Viejos senderos de al-Ándalus (1)

Viejos senderos de al-Ándalus (1)

Un sendero es una adición de pasos, de voluntades. Es más que una vía para desplazarnos porque, cuando iniciamos uno, interviene nuestra voluntad de recorrerlo pero también, inmanente, la de todos aquellos que lo hollaron hasta convertirlo en tal. Los que, a fuerza de pisarlo, dibujaron su trazo, su anchura, sus curvas, apartaron piedras o, incluso, dejaron otras. Aunamos nuestra voluntad -tal vez inconscientes de los pasos contenidos en él- a la de los que caminaron antes y, como ellos, depositamos huellas, sedimentos físicos de la energía que consumimos, residuos de nuestro paso.

Algunos de estos senderos siguen un destino semejante al del hombre: nacen, se desarrollan y se abandonan a un sueño incierto, que los hace borrosos, y del que no despertarán jamás. El humano también olvida y es olvidado. Quizá sean todas estas afinidades, este entrecruzamiento indivisible, esta urdimbre de destinos, de voluntades,  de sedimentos... hasta la del olvido, la que produzca la misteriosa interacción entre el camino y el caminante. Aquél le ofrece paisaje, rincones, acaso frescura, aromas y la seguridad de un objetivo alcanzable. Éste, su esfuerzo y la garantía de supervivencia que son sus propios pasos. El camino vive por la vida de los hombres. (Continuará)

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