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José Manuel García Marín

Al-Ándalus: el refugio de la luz (II)

Al-Ándalus: el refugio de la luz (II)

Síntesis de la intervención de José Luis Serrano en el Aula de Cultura de Diario SUR el 28 de septiembre:

El título que para el coloquio de hoy ha elegido mi buen amigo José Manuel García Marín -"Al-Ándalus: el refugio de la luz"-, a mí como a él me sugiere las luces del conocimiento en la medida en que aquí halló respeto durante el milenio medieval o durante los siglos andalusíes que, por cierto, no son todos medievales, ni todos musulmanes, ni alguno árabe en el sentido racial del término.

El caso es que aquí vinieron a refugiarse las luces del mundo antiguo, las helénicas y egipcias, de un lado, y las de más remotos orientes por otro. Y aquí en la tierra por excelencia del poniente esperaron su renacimiento, su levante. La paradoja, sin embargo, sólo es aparente. Tartessos, Iberia, Al Ándalus son desde siempre las tierras más remotas, el confín del mundo, pero también desde siempre esta tierra mediterránea y atlántica irradia civilizaciones. Lo que en geografía es extremo, en lo civilizatorio es central. Hasta aquí desde Alejandría llegaba la nave con el faraón muerto, y hasta aquí desde el norte llegaban las naves legendarias de los islandeses, con sus sagas de elfos y walkirias. Al Ándalus era el valle del Río Grande con las vegas, el arado, las acequias y la luz impresionante de Córdoba. Pero Al Ándalus era el Estrecho, los remos, la barcas con las redes extendidas y el inquieto cielo que precede al temporal. Era la luz de Sierra Nevada, la luz del sol sobre la última nieve nueva. Era la luz mineral del viento que recorre el desierto de Almería. Y ese sol redondo, perfecto, en el cielo bajo de Cádiz que parece efundir un perpetuo atardecer.

Esta tierra fue la memoria de Grecia, ya desde los tiempos demasiado militares de Roma y después durante los interminables siglos godos. Aquí se rescató la mitología de Hércules y se fusionó con la de Gerión. Aquí se supo seis siglos antes de que lo supiera Descartes que toda conversación entre dos hombres es una conversación entre Platón y Aristóteles. ¿Cómo sería el mundo contemporáneo sin las fábulas de Esopo y sin los cuentos persas de las mil y una noches? Aquí se rehízo el mundo y sólo ahora comenzamos a vislumbrar las claves que cifraron aquella manera ilustre de pensar.

Cuando las tierras se cansan de sus pueblos, cuando los pueblos olvidan sus naciones y cuando el planeta se cansa de la humanidad parece llegada la hora de empezar un viaje minucioso en busca de las luces antiguas de Al Ándalus, las luces que volvieron a la Roma de Miguel Ángel y que rescribieron la historia de Cartago y Bizancio. Es probable que nunca alcancemos a ver la luz antigua y que nunca acabemos de ver quiénes somos, quiénes fuimos. Pero sólo nos queda la busca, los eventuales frutos del esfuerzo, no los del hallazgo. Aquí se refugió la luz, a nosotros nos queda sólo buscarla, para volver a ser -no los iluminados, sino- las gentes de luz que a las gentes almas humanas les dimos.

Muchas gracias.

 

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