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José Manuel García Marín

La Alhambra, estática nave del esplendor

La Alhambra, estática nave del esplendor

Este artículo ha sido publicado en el nº 37 de la revista trimestral "El legado andalusí". Me atrevo a recomendar esta revista porque contiene una magnífica calidad, tanto en fotografías como en sus artículos, fruto de un trabajo realizado a conciencia. Como estoy suscrito, sé que su precio es de 16€, al año, por cuatro números y da derecho a dos atrasados. Para quienes tengan interés, pueden dirigirse a: info@legadoandalusi.es

Hay actos que no requieren una previa disposición de nuestra parte; menos de los que pensamos, sin duda, pero aceptaremos que no se necesita una actitud especial para entrar -pongamos por caso- en una galería comercial, un estadio o en un supermercado. Sin embargo, incurriríamos en un grave desacierto, si adoptáramos la misma conducta, al visitar aquellas obras que el hombre ha erigido como monumentos a lo más venerable de sí mismo, a lo sagrado.

Es cierto que es difícil escapar a la influencia del apresuramiento en que vivimos, pero merece el esfuerzo evitarlo, porque la vorágine de premura constriñe nuestra mirada a un mero examen, un sencillo ojear, e impide toda contemplación. ¿Podemos adentrarnos en ese Arca de Noé de la Historia, que es la Alhambra, con tal ligereza? ¿Es admisible subir a bordo de esa nave que tiene un bosque por mascarón de proa, dedicándole uno sólo de los sentidos?

La ausencia de ceremonia, aquí, trivializa el alcance de sus finalidades y se torna irrespetuosa, insolente. Claro que, transgredir la norma, lleva implícito el castigo: no escucharemos su latido, ni sus ritmos, ni percibiremos sus armonías. Debemos ajustarnos, primero, a lo cronológico y comenzar por la fortaleza, que no es más que eso, pero que muestra orgullo de adarves, de almenas y de alturas que proclaman, desde la Torre de la Vela, el dominio de una urbe cuyo fuego, elemento al que pertenece esta Granada, únicamente atemperan las cumbres nevadas de la vieja Sulayr. Sin embargo, es en esta alcazaba, conforme finalizamos el paseo por el adarve de la muralla, donde -ya se sospecha aquí, acaso se presiente o se huele- tendremos el primer encuentro con el agua de fuentes y alfagras. El agua, esa estola cristalina de su femenino atalaje con que se ciñe, hermoseada de resplandores, de oscuros fulgores en las umbrías o de meteoros de plata cuando, de la luz, exige, inapelable, su feliz desposamiento.

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