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José Manuel García Marín

Salamanca: la ciudad dorada

Salamanca: la ciudad dorada

 

    Una ciudad monumental no puede verse en dos días. Bueno, sí, si lo que pretendemos es tener un embrollo de conventos, fachadas, claustros, palacios, etc., imposible de aclarar en el recuerdo. También es cierto que estoy contando con que nos interesen esas cosas. Mucho imaginar, me temo, porque al turista medio sólo le importan como prueba, en sus cámaras de fotos, de que han estado allí, cara a sus amigos. La fotografía, en esos casos, es un botín, un trofeo de caza, "fotos-cadáver", creo que es más acertado llamarlas; porque, en el fondo, les da igual si la escalera es la que Soto pidió a Gil de Hontañón o si fue al contrario. "¿Y en dónde estaba? ¡Ah!, no sé, pero he encontrado la rana en la fachada de la Universidad". Ya lo decía Unamuno: "Lo malo no es ver la rana, sino sólo ver la rana".

    No, no, Salamanca se merece el detenimiento. Hay que saborearla, extasiarse frente a la catedral Nueva y, luego, delante de la Vieja; apreciar el plateresco de la Casa de las Conchas, sus ventanales, sus rejas, esplendor de la forja gótica... Y volver, volver de nuevo, que algún detalle se nos habrá escapado. Después, tarde ya, sentarse en la Plaza Mayor a esperar la brisa refrescante, que acude, infalible, como a una comprometida cita. Y es que la tiene, la tiene con la luz, que a eso de las nueve ilumina las lámparas de los pórticos. No de golpe, en sucesión de hileras. A los pocos minutos, por último, y de repente, se encienden a la vez todas las luces de las fachadas y se escucha un clamor de admiración que silencia lo demás, que todo lo paraliza. Es un segundo, acaso dos, y enseguida regresa el bullicio de esa plaza barroca y viva.

    No obstante, en toda felicidad se cuela, siempre, un elemento discordante. Es la piedrecilla en el zapato, la espina de la rosa. En esta ocasión, las dos llamadas diarias del 1485 a mi móvil. Yo, inconmovible, las rechazaba. Ellos, infatigables, casi puntuales, las repetían en la jornada siguiente. Así, cinco o seis días. Hasta que, de súbito, cesaron. Al principio sólo fue un aviso de la memoria, quizá una alarma al quebrarse la rutina, a todo nos acostumbramos. Hoy no me han llamado -pensé-, y no le di más importancia; pero, al día siguiente, tampoco. ¿Se habrán olvidado de mí? -reflexioné, ya con cierta inquietud poco a poco transformada en desasosiego, pues, sin querer confesarme la razón, miraba de vez en cuando el móvil, por si no lo había oído y encontrara, en la pantallita, el mensaje de la anhelada llamada perdida-. Se abría un inesperado vacío que, con el transcurso de las horas, se convertía en una profunda y angustiosa sima. No digería bien y dormía alterado, me despertaba sudoroso e irritado y padecía serias tentaciones de ser yo quien les llamara, para reclamarles: "¿Por qué han dejado de importunarme?"; pero, en un ejercicio, estoico, de disciplina, pude sustraerme a ellas. ¡Ya no cuentan conmigo! -me lamenté una mañana, herido, al borde de la depresión-. Tuvieron que calmarme en el hotel. Vuelva, vuelva a sentarse en la Plaza Mayor, ya verá cómo se le pasa -fue el sabio consejo del experimentado y amable recepcionista.

    Llevaba razón aquél hombre. Junto al velador, con un agua mineral sin gas y unas patatas fritas, en pleno arrobamiento de frescor, de luces, de gente y de arte, razoné: "Pues sí, se vive mejor sin el 1485".

 

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3 comentarios

Javier -

Me he encontrado este blog por casualidad, y me veo en la obligación de felicitarle por esa visita exprés de Salamanca que he realizado a través de sus líneas. Estudio en Salamanca y paso por la fachada de la Universidad cada día para ir a clase, y nunca hay menos de 20 personas buscando la rana...pero, efectivamente,"sólo" viendo la rana. Es una pena que sea difícil ver a gente observando con la misma atención la Casa de las Conchas, el ambiente del Parque de la Alamedilla los domingos, las vistas de la Calle La Compañía, el recogimiento del patio de Escuelas Menores o la magia de la Cueva de Salamanca.
Un saludo!

Juan -

Muy buenas José Manuel. ¿Hay algún email para ponerse en contacto contigo?. Es de agradecer que en nuestra ciudad, existan historiadores que indaguen sobre ese periodo de la historia de Andalucía que por ciertas razones no se nos ha enseñado en los colegios.

Juan Torroba -

Magnífica exposición de una fugaz estancia en Salamanca. Has conseguido meterme en tus zapatos (dicho sea en sentido figurado, jaja).
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