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José Manuel García Marín

Carta de una despedida a un destructor de empleo

Carta de una despedida a un destructor de empleo

 

Señor director:

  Soy de la opinión de que cuando alguien hace bien su trabajo, es digno de elogio. Éste es su caso y le felicito por ello; aunque a mí, lejos de beneficiarme, me ha perjudicado. Ya sé que en realidad no ha sido idea suya, sino que se ha visto obligado a ser un mero ejecutor de las órdenes que, desde arriba, le han dictado; pero, para ese estricto papel le han contratado, ¿no?

  Eran admirables, permítame la reflexión, aquellos empresarios que se crecían en la adversidad, se paraban a pensar, organizaban estrategias y daban un golpe de timón para salvar su empresa y, con ella, a sus asalariados. Gente que valoraba la profesionalidad, la lealtad y la experiencia de sus empleados, considerándolos el principal activo de que disponían. Sí, verdaderos empresarios que, desde la nada, fundaban sociedades imparables, basadas en auténticas ideas asentadas por la fuerza de la ilusión, contagiada a todo su personal. Así, duraban decenios, creando riqueza y posicionándose dentro de los primeros lugares del ranking español.

  Eso sí, sabían que la falta de calidad y atención a los clientes constituía el comienzo del final; que el autoservicio, insuficientemente asesorados, los consumidores, por dos veinteañeras mal pagadas mascando chicle (las macrotiendas que montarán próximamente) son flor de un día. Pero es que hoy esos empresarios han desaparecido y su lugar, luchando por ganar dinero rápido con otros métodos, lo han ocupado financieros y especuladores que se sirven de mercenarios comerciales -acaso habría que haber acuñado ya la expresión "mercaderes de fortuna"- como usted. Verdugos pseudoilustrados en el mundo de los negocios, que conducen las empresas a vía muerta, sumisos, obedientes al amo de turno. Sin embargo, sepa que los verdugos no forman parte del universo de los poderosos; son y han sido siempre, víctimas de otra manera. La sociedad nunca los ha considerado honorables, si bien se les juzgaba necesarios, únicamente herramientas útiles y eficaces, como usted; y al final, unos y otros les han dado la espalda como miembros no estimables de la comunidad. A menos que demos valor a la destrucción, a usted no se le permite el éxito. El genuino, claro. Ningún verdugo, desengáñese, ha pasado a las glorias de la historia.

La vida discurre por vías insospechadas, y lo que una califica de fatalidad, de repente se torna en lo contrario, porque una cosa es trabajar en una empresa y otra sentirse atenazada por tácticas de angustia, mentiras, miedo e incertidumbre. Por eso, en tanto le escribo, me hago consciente de que lo dicho al principio, en cuanto a que me han perjudicado, es sólo una verdad a medias. He perdido dinero con el infausto Expediente de Regulación de Empleo (E.R.E), que gobierno y sindicatos permiten, porque no han indemnizado como debieran a una persona que ha estado, día a día, en su puesto durante treinta y cinco años; pero, a cambio, me evitaré el sonrojo que provoca la vergüenza ajena y el punzante hedor que destila la amoralidad.

Saludos.

 

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2 comentarios

Juan Torroba -

Vewrdades como puños...lágrimas como globos en el pesar de tantas personas que no son sino víctimas de los nuevos "empresarios"...peones en un tablero de ajedrez donde siempre vence el mismo con la connivencia de Gobierno "socialista" y sindicatos "obreros" dirigidos por espíritus apesebrados. Un fuerte abrazo, amigo.

Alberto Castellón -

Muy bueno el artículo, José Manuel. ¿Has visto "Up in the air"? Ya está pasando lo que en el Siglo de Oro: la crisis como inspiración literaria.
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