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José Manuel García Marín

El camino del sol (2)

El camino del sol (2)

      La sucesión de viejas ermitas, de iglesias románicas, piedras también, piedras venerables que guardan en su interior la sagrada elevación del hombre bajo el manto de la penumbra. Las marcas de los canteros, el esfuerzo, el agotamiento, la purificación. La luz, la luz en torrente, la “luz de León”. Los cientos, quizá miles, matices de la luz. La alquimia de la luz en la materia, sublime preludio de la alquimia de la luz en el espíritu.

     Vibró su alma extasiada ante una catedral erigida al Conocimiento que, en principio, procede del exterior, para descubrir que el protagonismo no lo acapara el gótico del interior, sino la luz que proviene de fuera y que al penetrar por las bellísimas vidrieras origina esa multiplicidad de colores ("...Una es la luz, pero el color es vario, afines o contrarios, a tu antojo." Ibn Zamrak); la luz que, al interiorizarse, produce la alquimia, la transmutación que debe realizar el hombre con el conocimiento que percibe fuera, asumiéndolo, haciéndolo suyo. La luz que hace la luz.

     Andar en la madrugada, a punto de amanecer, de encenderse el cielo. Abajo, valles inmensos; alrededor, enormes montañas. Parar, hay que parar ante la grandeza que dilata el asombro. Seguir para parar de nuevo por una lágrima de rocío sobre una ínfima flor; absorto, arrobado por el misterioso y delicado destello de esencia que traslada a otros vislumbres, que reducen la noción del tiempo y del espacio. A la vuelta, una nube de mariposas; al pasar entre ellas, inesperada, la frase de Ibn Hazm: “Exhalo amor de mi como el aliento y dejo las riendas del alma a mis ojos enamorados”. El cuerpo más ligero, más liviano, aun en las subidas; es el efecto de la frase, que envía a otros mundos, a los confines de otras vivencias, ¿quizá a otras vidas? Es un camino cristiano, ¿podría recorrerlo un sufí? ¿Acaso templarios no recorrieron caminos sufis?

     Era temprana la mañana cuando alcanzó las pallozas. El cuerpo bañado de sudor; el pecho, colmado de jadeos. La pequeña iglesia prerrománica esperaba abierta. Al entrar en ella, se cruzó con otro peregrino. Sonaban cánticos gregorianos suavemente, tan tenues como las sombras del diminuto templo... (Continuará)  

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