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José Manuel García Marín

El camino del sol (Final)

El camino del sol (Final)

      Al fondo, el cáliz de reflejos dorados cuyo vino, allí mismo, se convirtió en sangre en otro tiempo, el Grial. La alegoría de aquello que busca el hombre que ansía comprender y que, cuando lo halla, no necesita buscar porque lo encuentra en todas partes, donde estuvo siempre: en la tierra, en el agua, en el cielo, en la mirada de aquel peregrino, oculto detrás de sus ojos, tal vez ignorantes de su divino contenido.

      Sentado, ve en la distancia grupos que coronan cerros, que descienden altozanos, paso a paso, cumplidores todos del camino, pero cada cual del suyo, sudando su propio esfuerzo. No hay diferencias de edad, ni de sexo, sólo complicidades entre cientos de motivos; cada uno, una gota de ternura. Hay que curar los pies dañados y al ser curado, admitir no haber tratado con el mismo amor, aquellos pies desconocidos, no haberse reconocido en el otro, en la otra. Sentimiento de pesar que no abandona ni al cruzar la refrescante nube, subido a la lluvia. “Arrepiéntete para después arrepentirte de haberte arrepentido”.

      Al doblar el recodo, irrumpe el sentimiento inquietante, la conciencia de la soledad, el miedo. Se desata la reacción; desde el núcleo de su corazón se abre camino la fuerza que lo supera, ¿cómo perderse en el bosque, si es el bosque el que puede perderse en él? Ahora es la emoción, henchida de placer, que sustituye al miedo, la magia del poder. Ya no hay senderos por los que perderse porque puede andarlos todos, pero ninguno a él.

      Se acaban las corredoiras, largas, frescas, techadas de hojas verdes con muros de castaños aterciopelados por el musgo, piedras de calzadas romanas entre hilos de agua. Es el final de tantos pasos; la recompensa, que espera en un arca dentro del templo, no es sino de unos huesos que claman, que atraen. No se sabe bien de quién, acaso los de todos. 

      ... Las crines se levantan al viento al lanzarse, de súbito, al galope. Decenas de guerreros crean un círculo en movimiento, un torbellino de hombres a caballo, simulando el simbólico “triskel”. En el centro de la polvareda una figura, un anciano, el druida con el poderoso muérdago entre las manos... En su recuerdo brotó la estampa de la que imaginó señora de los bosques. Ojos de aguas profundas y voz de aguas tranquilas. 

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