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José Manuel García Marín

Viejos senderos de al-Ándalus (2)

Viejos senderos de al-Ándalus (2)

Otros, siempre nacidos como débiles sendas, quedan prendidos a la cadena de generaciones y crecen, prosperan, se dilatan tanto que, al modernizarse, parecen perder singularidad pero, debajo del asfalto, perviven los mismos anhelos y continúan, con idéntico caudal, manando sus alfaguaras de magia. De tal manera que lo que creímos viaje, por efecto transmutador, se torna peregrinaje de itinerarios alquímicos, en cuyas esencias prevalece uno de los cuatro elementos sin que, por razón de su hegemonía, los demás queden del todo ausentes.

 El Agua 

Desahuciada pero altiva, se alza en Córdoba la noria de Abu-l-Afiyya. Como un presagio, cuelgan desvalidos los cangilones desdeñados. Aquellos que elevaban el agua hasta el alcázar Omeya, para surtir los jardines de belleza.

Hacia el sureste nos aguardan restos, recuerdos de otras muchas azudas que, entre gemidos del eje, bebían sus arcaduces del Guadajoz (Wadi-al-Jubz. Río del Pan) desde Al-Qalat (Espejo) hasta el Molino de Benifanin (Albendín).

Por la campiña baja, velada por milenarios cultivos de cereales -la comarca era el silo de Hispania en tiempos de Roma-, parte la vía romana que sintió, sobre sus piedras, los cascos del caballo de César cuando éste se dirigía a sitiar Ategua, allá sobre la Loma de Teba, cuyos habitantes eran afines a los hijos de Pompeyo. Inútilmente esperaron la ayuda de Cneo, pero no llegó nunca y hubieron de rendirse a pesar de la doble muralla de defensa. Sólo entonces, César cruzó el río por su único vado para enfrentarse con las tropas pompeyanas, a las que venció en ágiles escaramuzas, dejó refuerzos al sur y se retiró a Baena, que había sido incendiada por ser partidaria suya. Desde allí partió el gran estratega hacia Munda e infligió la definitiva derrota a los ejércitos de Cneo y Sexto, que sufrieron treinta mil bajas entre sus filas. Los muros de Ategua fueron reconstruidos más tarde por los almohades, pero su suerte había sido escrita en páginas de extravío y hoy sólo quedan ruinas en las que sobreviven lagartos y alucinógenas mandrágoras.

Cuando el cántico del muecín resonaba en el cielo de Al-Qalat, de Qastruh (Castro del Río), de Molino de Benifanin, fluían, como ahora, las aguas del Guadajoz, ese río salado, corredor de vida y también de muerte. Muerte, porque mataba a sus hijos con riadas repentinas. Vida, porque hacía brotar las huertas, siempre acompañadas del salmo lastimero de innumerables aceñas.

Giran las norias como ruedas de fortuna, en un único círculo de opuestos. Unas veces vida, otras... muerte. (Continuará)

 
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