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José Manuel García Marín

EL ALBATROS - Baudelaire (Traducción analógica de Ignacio Caparrós)

EL ALBATROS - Baudelaire (Traducción analógica de Ignacio Caparrós)

Por divertirse, a veces, suelen los marineros

Cazar a los albatros, aves de envergadura,

Que siguen, en su rumbo indolentes viajeros,

Al barco que se mece sobre la amarga hondura.

 

Apenas son echados en la cubierta ardiente,

Esos reyes del cielo, torpes y avergonzados,

Sus grandes alas blancas abaten tristemente

Como remos que arrastran a sus cuerpos pegados.

 

¡Este viajero alado, oh qué inseguro y chico!

¡Hace poco tan bello, qué débil y grotesco!

¡Uno con una pipa le ha chamuscado el pico,

Imita otro su vuelo con renqueo burlesco!

 

El Poeta es semejante al príncipe del cielo

Que puede huir las flechas y el rayo frecuentar;

Entre mofas y risas exiliado en el suelo,

Sus alas de gigante le impiden caminar.

 

Guadix, dormida en el tercer día de la Creación - Antonio Enrique

Guadix, dormida en el tercer día de la Creación - Antonio Enrique

“...la bisagra misma, la vida con la muerte, lo que se ve con lo que no puede verse, lo que pesa y sin embargo está ingrávido. Pues todo está suspendido, como la fotografía quieta de una catarata de barro o bronce fundidos, o la de un maremoto de tierra que avanza y se detiene. Y éste es su silencio, el rumor que queda de un ruido pavoroso, sucedido hace millones y millones de años.

El paisaje de Guadix es la gran osamenta que sobresale de la tierra. Parece un catafalco, entre los muros que la encajonan. Arriba del todo, algo se mueve. Es blanco, empinado y perpetuo: la sierra más alta de la Península. Sierra Nevada, la Solaria de nuestros antepasados, se yergue por detrás a semejanza de una corona de eternidad. Ese blanco absoluto de las nieves, y los picachos que sobresalen, los de su abrupta y rielante cara norte, no pueden verse si se mira a la ciudad desde los cerros, pues ésta se despliega y reclina en dirección opuesta; se la ve, se la siente, la nieve de la majestuosa cordillera, en la luz. Una luz que reverbera, reverbera con tal ímpetu que chispea, escuece sobre los ojos como si fuera espuma salada. La luz engarza con todas las meditaciones que el paisaje suscita; pues dijérase que no proyecta sombra bajo el cuerpo, tan vertical fluye desde arriba, y tan potente que, dijérase otra vez, corroe toda sombra.

Nada puede dar idea de este paisaje cavernario, más propio de titanes y dioses, de monstruos fabulosos, de gigantes y enanos, que de gentes humanas como nosotros. Un día aquí reproduce el tránsito de toda una vida. Porque el tiempo aquí no corre, no está, no lo hay, y así, imperceptible, va tan despacio que puede ser y recordar simultáneamente, como hecho, el tiempo, memoria, memoria fósil del pasado recóndito, y memoria viviente del instante mismo, el instante mismo de su inminente contemplación agónica. No sé este paisaje, no sé: apasiona y no encadena, enciende y no quema, seduce, pero no obsesiona, con esa sequedad híspida, terminal, que nos devuelve a la condición adánica de cuando fuimos barro, cieno, limo. Este monstruoso tumulto de arcilla, este anfiteatro extremo, esta planicie que se horada en sí misma, este vértigo mareante, sume a quien lo contempla en un estado de compulsión que luego da en quietismo, en afán de no existir para sentirlo todo con otras potencias que no las sensitivas y corporales...”

"Un NOSEQUÉ de agradable en las flores de plástico" Andrés Sopeña

"Un NOSEQUÉ de agradable en las flores de plástico"  Andrés Sopeña

MUÑECOS

 

Yo creo que va a ser un auténtico exitazo. Como ya lo fue el flatulento de las navidades pasadas, el que se había pe­dido, que decía la niña del anuncio; y como antes lo ha­bían sido el asquerosín que moqueaba, o el guarrete que soltaba eructos. Este muñeco que te mea en la cara en cuan­to te acercas es un hallazgo; no me cabe la menor duda.

       Es que hay que ver lo que es el progreso, oye. Que me acuerdo perfectamente de la muñeca que tenía mi hermana, tan simplona y rígida, que se limitaba a cerrar los ojos y soltar un balido cuando la acostaba. Cierto es que la muñe­ca en cuestión agarró una alopecia galopante y hubo que recomponerla con pegamento, que quedó de espanto; pero era un defecto de fabricación, como lo del ojo, que solo se le cerraba uno, y te daba como grima mirarla; que mi her­mana es psicóloga infantil y digo yo si no habrá relación con aquello.

No obstante, yo creo que a los muñecos de ahora les sigue faltando un pelín de naturalidad. Porque es realmente educativo y socializa lo más grande que caguen, moqueen, meen y eructen; e incluso que cojan carretera y manta y se dirijan al Portal. Pero los niños de verdad hacen todo eso cuando les da la gana. Lo que significa que, así como el que no quiere la cosa, podríamos estar formando a una genera­ción de padres incapaces de comprender, absoluta­mente perplejos ante un mamoncillo que ha apestado el dormitorio a las tantas de la madrugada sin que se le haya apretado un muslito previamente. Por eso, y en nombre del por­venir de la raza, sugiero a los fabricantes algo tan simple como el añadir un temporizador aleatorio al mecanismo de sus criaturas, de manera que cuando uno menos se lo espere, el muñeco monte un auténtico clamor pediéndose incesantemente, o anegue a la niña con una meada especta­cular, mientras ésta duerme tiernamente abrazada a él. Eructos y pedetes podrían oler, y los mocos podrían alter­narse, ora claros, ora verde viscoso. En este último supues­to se 1e podría añadir también una tos cavernosa, y flemas. Ya puestos a sugerir, para los niños recientes que se hayan perdido los modelos anteriores podría crearse Escatologín, un muñeco que compendie toda clase de marranadas y me los ponga al día. Saldría caro, pero no deja de ser una inversión educativa; y con los niños no hay que reparar en gastos, que habrán de pagarnos las pensiones.

Por ideas no ha de quedar. ¿Para cuando un muñeco que te suelte una patada en la boca cuando lo eleves por encima de la cabeza? No creo que sea problema, eso con un altímetro... Y podría llevar un conmutador, y que a los va­rones 1a patada se la soltara en otra parte. Y Nietecín el muñeco que se endilga a las madres cuando las niñas se van con las amiguitas; y Cabroncete, el muñeco que molesta a todas horas, particularmente en restaurantes y playas, ante la indiferencia de los niños propietarios; y Mi pichilla, el muñeco para niños machistas; y Litroncín, y Reglita...

Será por ideas. Tiempo al tiempo.

 

REY DE REYES Belén Juárez

REY DE REYES    Belén Juárez

                                                 A los dirigentes del planeta

 

Desde qué asombroso estado 
el misterio del tenebroso movimiento 
alcanza la conciencia 
dejando el alma 
al amparo del Ser de la Noche... 
 
Noche se define como espacio 
de nuestra propia sangre negra, 
como habitáculo que invita 
a los ojos del que no está, 
y se nos manifiesta... 
 
Noche, donde se alcanzan 
movimientos de placer 
a través de la más cruel de las sinfonías, 
Noche, lugar donde el rojo destello 
convertido en caballo, 
vibra y nos besa el misterio más cierto, 
más acertado, más real, más incesante, 
más inequívoco a la cercanía de su zarpa... 
 
Tener la presencia de su entorno en nuestro cuello,
sus alas de atrevido y fétido aire, 
solapando su amor con la cubierta de nuestra piel... 
 
Vino..., 
hasta el lugar de las luces, 
murió siendo serpiente del Edén, 
resucitó entre los tiempos de todos los cadáveres benevolentes, 
respiró el aroma de todas las guerras, 
desapareció para los incrédulos, 
se hizo inteligente en el Mundo, 
creó su propia estirpe, con rabo, cuernos, y garras... 
 
                       Todo esto yo lo sé... 
Hoy se encuentra frente a mí, 
deseando coronarme con su semen, 
sin embargo..., no advierte en su torpeza, 
que...... AZRAEL, soy Yo. 
 

Desde el espíritu de al-Ándalus

Desde el espíritu de al-Ándalus

          No me interesa de qué país es esta niña, ni la lengua en la que grita, ni a qué dios brinda sus oraciones. Me importan su dolor, su indefensión, su amargura, sus ojos aterrados, helados por el asombro. Asombro, sí. Porque, sin duda, habrá oído cientos de veces cómo debe comportarse para ser una mujer responsable.

          La imagino estupefacta ante la obra de esos “adultos responsables” que la han herido y matado a su familia, que han acabado con la vida de otros niños y con los padres, tíos, abuelos y abuelas de éstos, sus amigos.

          No querría que supiera, aunque ya es tarde, que los mayores hemos consentido un mundo gobernado por locos, enfermos agudos de codicia, donde lo absurdo preside el discurso y la ética ha sido desterrada. Donde, para disfrazar los ocultos objetivos, inconfesables siempre, de esos crueles dirigentes, se nos cultiva el odio, la indiferencia ante lo humano, la ceguera de la razón o la incongruencia de que a la vida, a la armonía entre los seres, se la ordena con la muerte. Un universo estrecho, miserable, en el que damos prioridad al color de la piel que nos envuelve. Un mundo, en fin, reducido a tal simpleza, tan patético, que no se preocupa nunca del regalo y sí del envoltorio. ¿Cómo explicarle –a qué lógica subordinarme-, que el gobierno que pretende salvarnos de bombas nucleares es quien más tiene en sus arsenales y el único que las ha empleado?

Tampoco quiero que se entere de que existen alineaciones “globales”, más disgregantes que unificadoras, para mayor paradoja, y que es posible que estemos en bandos contrarios; que es probable que, según dictan unos individuos con olor a vaca en las limusinas y a muerto en sus conciencias, ella... ella sea mi enemiga.

Sí, en cambio, deseo contarle que mis raíces se hunden en la tierra de un pueblo que supo convivir, pese a quien pese, durante ochocientos años, entre religiones diferentes. Las mismas que se enfrentan hoy en Oriente Medio. Nosotros, andalusíes, entonamos el Cantar de los Cantares en sinagogas con ventanas de alabastro; nosotros ensalzamos a Allah en mezquitas de esplendorosos arcos de herradura, también nuestros; nosotros seguimos a Jesús en iglesias mozárabes, sublimes, por delicadas.

Es aquí, en la querida Sefarad, sentado en la vieja al-Ándalus, con la autoridad que confiere la cuna de la tolerancia, la cultura y el amor a la belleza de la piedra esculpida con palabras, cinceles de poesía, desde donde reclamo la cordura.

Decidme, judíos, ¿podríais hoy consultar a nuestro eminente nagid cordobés, Maimónides, y relatarle tanto despropósito sin que os interrumpiera para maldeciros? ¿Tendríais argumentos ante él?

Explicadme, musulmanes, ¿acaso sostendríais la mirada iracunda del más admirado de los filósofos de Córdoba, el inmortal Averroes? ¿Con qué clase de especulaciones osaríais contradecir al más grande de los místicos del Islam, el murciano Ibn al-Arabí?

¿Y la palabra de Cristo, cristianos? ¿Cuántos siglos hace que huyó de la boca de los papas, si es que estuvo en ella alguna vez? Qué cómodo el silencio, y qué bien sirve a vuestros fines.

 

¿En qué habéis derivado? ¿Es concebible tamaño disparate en hombres serios, maduros? ¿No es, quizá, más propio de caprichosos niños que se culpan unos a otros en el patio del recreo? Necios, ¿a qué terrorífico jardín de infancia pertenecéis?

Venid a beber en las serenas fuentes de la Alhambra. Que se esponje vuestro corazón, si algo os queda de él. Leed en esas cúpulas, en esos muros, y tomad ejemplo. Sentiréis el frescor de la paz contagiada.

José Manuel García Marín

Julio de 2006

El camino del sol (Final)

El camino del sol (Final)

      Al fondo, el cáliz de reflejos dorados cuyo vino, allí mismo, se convirtió en sangre en otro tiempo, el Grial. La alegoría de aquello que busca el hombre que ansía comprender y que, cuando lo halla, no necesita buscar porque lo encuentra en todas partes, donde estuvo siempre: en la tierra, en el agua, en el cielo, en la mirada de aquel peregrino, oculto detrás de sus ojos, tal vez ignorantes de su divino contenido.

      Sentado, ve en la distancia grupos que coronan cerros, que descienden altozanos, paso a paso, cumplidores todos del camino, pero cada cual del suyo, sudando su propio esfuerzo. No hay diferencias de edad, ni de sexo, sólo complicidades entre cientos de motivos; cada uno, una gota de ternura. Hay que curar los pies dañados y al ser curado, admitir no haber tratado con el mismo amor, aquellos pies desconocidos, no haberse reconocido en el otro, en la otra. Sentimiento de pesar que no abandona ni al cruzar la refrescante nube, subido a la lluvia. “Arrepiéntete para después arrepentirte de haberte arrepentido”.

      Al doblar el recodo, irrumpe el sentimiento inquietante, la conciencia de la soledad, el miedo. Se desata la reacción; desde el núcleo de su corazón se abre camino la fuerza que lo supera, ¿cómo perderse en el bosque, si es el bosque el que puede perderse en él? Ahora es la emoción, henchida de placer, que sustituye al miedo, la magia del poder. Ya no hay senderos por los que perderse porque puede andarlos todos, pero ninguno a él.

      Se acaban las corredoiras, largas, frescas, techadas de hojas verdes con muros de castaños aterciopelados por el musgo, piedras de calzadas romanas entre hilos de agua. Es el final de tantos pasos; la recompensa, que espera en un arca dentro del templo, no es sino de unos huesos que claman, que atraen. No se sabe bien de quién, acaso los de todos. 

      ... Las crines se levantan al viento al lanzarse, de súbito, al galope. Decenas de guerreros crean un círculo en movimiento, un torbellino de hombres a caballo, simulando el simbólico “triskel”. En el centro de la polvareda una figura, un anciano, el druida con el poderoso muérdago entre las manos... En su recuerdo brotó la estampa de la que imaginó señora de los bosques. Ojos de aguas profundas y voz de aguas tranquilas. 

El camino del sol (2)

El camino del sol (2)

      La sucesión de viejas ermitas, de iglesias románicas, piedras también, piedras venerables que guardan en su interior la sagrada elevación del hombre bajo el manto de la penumbra. Las marcas de los canteros, el esfuerzo, el agotamiento, la purificación. La luz, la luz en torrente, la “luz de León”. Los cientos, quizá miles, matices de la luz. La alquimia de la luz en la materia, sublime preludio de la alquimia de la luz en el espíritu.

     Vibró su alma extasiada ante una catedral erigida al Conocimiento que, en principio, procede del exterior, para descubrir que el protagonismo no lo acapara el gótico del interior, sino la luz que proviene de fuera y que al penetrar por las bellísimas vidrieras origina esa multiplicidad de colores ("...Una es la luz, pero el color es vario, afines o contrarios, a tu antojo." Ibn Zamrak); la luz que, al interiorizarse, produce la alquimia, la transmutación que debe realizar el hombre con el conocimiento que percibe fuera, asumiéndolo, haciéndolo suyo. La luz que hace la luz.

     Andar en la madrugada, a punto de amanecer, de encenderse el cielo. Abajo, valles inmensos; alrededor, enormes montañas. Parar, hay que parar ante la grandeza que dilata el asombro. Seguir para parar de nuevo por una lágrima de rocío sobre una ínfima flor; absorto, arrobado por el misterioso y delicado destello de esencia que traslada a otros vislumbres, que reducen la noción del tiempo y del espacio. A la vuelta, una nube de mariposas; al pasar entre ellas, inesperada, la frase de Ibn Hazm: “Exhalo amor de mi como el aliento y dejo las riendas del alma a mis ojos enamorados”. El cuerpo más ligero, más liviano, aun en las subidas; es el efecto de la frase, que envía a otros mundos, a los confines de otras vivencias, ¿quizá a otras vidas? Es un camino cristiano, ¿podría recorrerlo un sufí? ¿Acaso templarios no recorrieron caminos sufis?

     Era temprana la mañana cuando alcanzó las pallozas. El cuerpo bañado de sudor; el pecho, colmado de jadeos. La pequeña iglesia prerrománica esperaba abierta. Al entrar en ella, se cruzó con otro peregrino. Sonaban cánticos gregorianos suavemente, tan tenues como las sombras del diminuto templo... (Continuará)  

El camino del sol (1)

El camino del sol (1)

      Aún la frescura y el verdor de las umbrías de las corredoiras en la reciente memoria, enfiló las escaleras que bajaban hasta la plaza del Obradoiro, ya atenuada la novedad de la llegada y cumplidos los rituales casi milenarios. La plaza rebosaba de gente expectante a la vista del enorme escenario plantado en un lateral, bajo las estrellas.

      Un fuerte golpe, como el del martillo del herrero contra su yunque, hizo vibrar todo el espacio ayudado por los potentes amplificadores. Inmediatamente le siguió otro, y otros nuevos se fueron sumando hasta componer la caótica melodía de una herrería de cíclopes. De improviso surgió una masa de músicos, cada uno con su instrumento: gaitas, tambores, trompetas, platillos, violines... que se agregaron en rítmicas oleadas, tornán­dose el caos en armonía aunque con fuerza atronadora.

      En su cerebro se hizo lugar la imagen nítida de una multitud en las montañas. Eran guerreros celtas, todo un ejército, pero no dispuestos para el combate. Flameaban las banderas al viento, los caballos se levantaban sobre sus patas traseras, piafaban nerviosos, rompían en relinchos. Los guerreros profirieron gritos hasta aunarse en un cántico, secundado por los tambores y las gaitas. No había guerra; era la unión de los pueblos y la celebración de la diosa madre, la Tierra que, atendiéndoles, les transmitía su energía, su fuerza, visible en los cuellos y nervios de sus corceles, que parecían percibirla a través de sus patas... 

    

      Volvieron a su mente las escenas vividas. El paso por los caminos, las piedras, el sudor, la soledad por la Tierra de Campos, el polvo, blancas las botas, blanco el camino, tostado el campo abrasado por el sol. Los símbolos, las cruces templarias, la tau antoniana, los hospitales, descanso y consuelo de anónimos peregrinos sumidos en la lejanía del tiempo, grabada su pisada en el eco de las piedras. La contemplación entretenida en los milladoiros, alzados en lugares inesperados; montículos de piedras depositadas como homenaje y solicitud a los dioses bienhechores de los caminantes. Invocaciones milenarias cuya existencia actual admira y desconcierta... (Continuará)

Granada a pincel (Final)

Granada a pincel (Final)

...Encontraremos, entonces, la enorme mole del Albayzin, con callejas de líneas sinuosas, voluptuosas, femeninas, entrecortadas por otras igualmente curvadas, que crean un fuerte efecto de movimiento, de ritmo aparentemente incomprensible, si se está inmerso en ellas, pero apacible y armonioso, visto desde arriba, que, aun sin advertirlo, penetra en nuestro ánimo, adecuado don de una acrópolis sagrada de columnas cipresinas. A la izquierda, el Sacromonte, perceptible pero difuminado, como contrapunto de reposo a la mirada.

Las rígidas líneas rectas de la Alhambra, verticales, seguras, estables, cómplices de las horizontales, sin las cuales no son nada, sólidas éstas y masculinas ambas, protegen un mundo de sensualidad, que ocultan, como un cofre de hierro de perfiles dentados, su interior cuajado de encajes. Ellas absorben la atención de nuestras pupilas, descansadas por el efecto de los tonos del Albayzin, ocres y blancos punteados de verde oscuro. Es una masa menor, pero equilibra, por su emplazamiento, en el imaginario lienzo, y por el grueso de las umbrosas pinceladas que semeja el bosquecillo de la colina, con tal efecto de realce, que aísla la Alhambra de la tierra y la hace levitar, como si de una roja llama se tratara, anhelante de cielo. Podría intuirse que ascendiera, que huyera, si no fuera por el límite impuesto por el trazo blanco de las nieves de la sierra, que la retiene estática. Allí se unen hielo y fuego indefinidamente, improfanables, envueltos en el azul granadino; ni aquél se funde, ni éste se extingue.

         Desde esta perspectiva, el observador queda sumido en el silencio, y si, al pasear, tenía un destino al que dirigirse, lo olvida, lo pierde, se abandona, sometido a esa alquimia mágica que lo hará permanecer sumergido, ya para siempre, en esta ciudad, atanor de la belleza. Quizá es que Granada sea el recipiente y nosotros el objeto a transmutar. 

 

Granada a pincel

Granada a pincel

             Así como con la luz de las hogueras el hombre prehistórico adquirió tiempo y, por tanto, autonomía, cuando estuvo preparado para salir de las cavernas y construir chozas, obtuvo la posibilidad de asentarse, en grupo, en lugares más adecuados o de su gusto, y gozó de una nueva porción de libertad.

Esas cabañas, esos primitivos poblados, fueron el origen de las futuras ciudades. Los materiales empleados, ramas, hojas o pieles, con el paso del tiempo fueron reemplazados por otros más resistentes que les ofrecían mayores garantías de cobijo, así como surgieron rudimentarias vías para moverse entre ellas y plazas para celebrar sus asambleas. Caóticas debían de ser estas calles, estrechas, insuficientes, pero efectivas según sus necesidades. Mas, a medida que el ser humano avanzaba, la “ciudad” debía acoplarse en beneficio de sus habitantes. Con la invención de la rueda se habilitaron avenidas para dar paso a los carros, y con el empleo de la piedra se construyeron murallas de defensa que les proporcionaron seguridad, pero a costa de la limitación del espacio. No quedó más solución que edificar hacia arriba, y las casas crecieron en una o más plantas, diferenciadas entre sí por su tamaño, altura, color, etc. Más tarde se dedicaron a embellecer sus pueblos, sus villas, acaso porque el hombre se complace en la hermosura. Las ciudades entonces tomaron “cuerpo” y se distinguieron unas de otras. Se las dota, pues, de un aspecto particular, una fisonomía que las caracteriza, pero, ¿la fisonomía creada permanece muerta o retorna al hombre en alguna medida? ¿No imprime carácter? ¿No influye sobre el habitante? Si esto es así, recíproco, deduciremos que, observando a la ciudad, obtendremos una aproximación de la idiosincrasia de sus moradores.

La cuestión ahora consiste en elegir un método que nos permita percibirla, y un lugar, si la extensión de la totalidad es considerable. En el caso de Granada, la elección de éste es bien fácil: la vista desde el Albayzin, con el Sacromonte a un lado y al frente el conjunto de la Alhambra. El procedimiento: contemplarla como se hace con un cuadro... (Continuará)

LA ENTREGA Ignacio Caparrós

LA ENTREGA     Ignacio Caparrós

 

Quiero arder, abrasándome en mis versos,

como un dios que ha elegido su agonía.

Yo te ofrezco, Señora, los diversos

mundos que fui creando cada día.

 

Por que luzcas mis gemas más brillantes,

por que vengas a mí, como una novia,

yo te ofrezco, Señora, mis instantes

y ese afán de fijarlos, que me agobia.

 

Porque sé que, al besarme, sólo quieres

sofocar esta llama que me alumbra,

desnúdame, Mujer entre mujeres,

Señora del silencio y la penumbra.

 

Y bésame despacio, más despacio...

Y cúbreme de besos hasta el alma...

Y llévame a vivir en tu palacio,

donde dicen que todo queda en calma.

 

Después de haber gozado, sólo un sueño

sin retorno me aborte en tus caderas.

Mi cuerpo junto al tuyo, ya sin dueño,

mi espíritu sin mí, sin las hogueras

 

de aquel fuego en que ardí, por ser del humo

indicio de una llama y de su suerte.

A ti, Señora, entrego cuanto asumo,

mas nunca asumiré, mi Amor: mi muerte.

 

Viejos senderos de al-Ándalus (Final)

Viejos senderos de al-Ándalus (Final)

El Fuego 

Es Lawsa (Loja), ancestral confluencia de caminos, la que nos conduce a Granada por la vega del Genil, hasta el largo y estrecho cuello de la redoma que comienza en Bib Ilbira y se completa en la roja Assabica. En ella cristalizó la Alhambra, cuajada de mucarnas, tras las que se fraguaron cielos ocultos a la mirada del profano.

 

El propio espacio, los azulejos, las cúpulas, sus muros bordados, contienen el homenaje a las diferentes tradiciones místicas, hermanadas en la convergencia. Los planetas, astros de sublimes firmamentos, instruyen al humilde, que contempla exta­siado la emanación de la Unidad y, una vez rendida la nuca, doblega voluntad y entendimiento a la frase que encuentra bajo sus ojos: “Sólo Alá es victorioso”.

 Cuatro de los leones, los que marcan los puntos cardinales, nos advierten -en las frentes insertos triángulos de fuego-, del fuego que aquí purifica y funde en uno los caminos. Tanto fuego, que aquí quedaron los más bellos rescoldos.

Viejos senderos de al-Ándalus... senderos iluminados.

Viejos senderos de al-Ándalus (4)

Viejos senderos de al-Ándalus (4)

La Tierra 

Cualquier camino es bueno para llegar a Córdoba. Todos cumplen, rebasados, los requisitos para descubrir la ciudad califal, elemento tierra, como analogía de la razón humana en contraposición a la vía del arrobamiento espiritual. Sin embargo, esto no es del todo cierto, pues todas aquellas figuras destacadas que cultivaron la razón acabaron por trascenderla: Averroes, que fue perseguido por su exégesis del Corán, demasiado libre, curioso en exceso y excesivo en el respeto a la opinión de un simple adolescente visionario: Ibn al-Arabí. Maimónides, convencido de que la revelación no estaba restringida a determinados seres escogidos, que consideraba fundamental la inspiración, de la que decía que era como “el fogonazo del relámpago en la oscuridad profunda de la noche”.

Entre las columnas de la mezquita de Córdoba, firmes, equilibradas, escrupu­losamente ordenadas, como conviene a la razón, ¿no es el mismo mihrab quien la trasciende? ¿Qué es ese destellar de estrellas?, ¿qué, esa luz enamorada? (Continuará)

Viejos senderos de al-Ándalus (3)

Viejos senderos de al-Ándalus (3)

El Aire

 

En la costa se levanta el viento que arrastra briznas de mar hasta Pechina (Almería), la antigua Bayyana, y allí emprende la subida a la Sierra de la Alhamilla para perfumar cabelleras de palmeras. Bate el viento mientras la fuente arroja sus aguas termales, como lo hacía allí mismo otra, la del Conocimiento, cuando el lugar era la cuna del sufismo andalusí, hace nueve siglos, y la boca del maestro, Ibn al-Arif, rezumaba aljófares de sabiduría. Si la una era caliente, la otra abrasaba fibras del alma.

El aire, médula vital, hacía tremolar el manto del “Hijo del Vigilante” en medio del palmeral. Los discípulos, arracimados en torno a él, atendían mensajes de despoja­miento, de aniquilación en Dios, de anonadamiento en el Amor, que posteriormente dejaría por escrito en su “Mahasin al-Mayalis” (“Los Ornatos de las Sesiones”), obra de la que se admiraría Ibn al-Arabí, el murciano, el más grande místico que ha dado el Islam.

En palabras suyas “...favorecido por el castigo y castigado por el favor”, el espíritu de Ibn al-Arif, halcón extático, se remontaba sobre las cimas de la Sierra de la Alhamilla. (Continuará)

Viejos senderos de al-Ándalus (2)

Viejos senderos de al-Ándalus (2)

Otros, siempre nacidos como débiles sendas, quedan prendidos a la cadena de generaciones y crecen, prosperan, se dilatan tanto que, al modernizarse, parecen perder singularidad pero, debajo del asfalto, perviven los mismos anhelos y continúan, con idéntico caudal, manando sus alfaguaras de magia. De tal manera que lo que creímos viaje, por efecto transmutador, se torna peregrinaje de itinerarios alquímicos, en cuyas esencias prevalece uno de los cuatro elementos sin que, por razón de su hegemonía, los demás queden del todo ausentes.

 El Agua 

Desahuciada pero altiva, se alza en Córdoba la noria de Abu-l-Afiyya. Como un presagio, cuelgan desvalidos los cangilones desdeñados. Aquellos que elevaban el agua hasta el alcázar Omeya, para surtir los jardines de belleza.

Hacia el sureste nos aguardan restos, recuerdos de otras muchas azudas que, entre gemidos del eje, bebían sus arcaduces del Guadajoz (Wadi-al-Jubz. Río del Pan) desde Al-Qalat (Espejo) hasta el Molino de Benifanin (Albendín).

Por la campiña baja, velada por milenarios cultivos de cereales -la comarca era el silo de Hispania en tiempos de Roma-, parte la vía romana que sintió, sobre sus piedras, los cascos del caballo de César cuando éste se dirigía a sitiar Ategua, allá sobre la Loma de Teba, cuyos habitantes eran afines a los hijos de Pompeyo. Inútilmente esperaron la ayuda de Cneo, pero no llegó nunca y hubieron de rendirse a pesar de la doble muralla de defensa. Sólo entonces, César cruzó el río por su único vado para enfrentarse con las tropas pompeyanas, a las que venció en ágiles escaramuzas, dejó refuerzos al sur y se retiró a Baena, que había sido incendiada por ser partidaria suya. Desde allí partió el gran estratega hacia Munda e infligió la definitiva derrota a los ejércitos de Cneo y Sexto, que sufrieron treinta mil bajas entre sus filas. Los muros de Ategua fueron reconstruidos más tarde por los almohades, pero su suerte había sido escrita en páginas de extravío y hoy sólo quedan ruinas en las que sobreviven lagartos y alucinógenas mandrágoras.

Cuando el cántico del muecín resonaba en el cielo de Al-Qalat, de Qastruh (Castro del Río), de Molino de Benifanin, fluían, como ahora, las aguas del Guadajoz, ese río salado, corredor de vida y también de muerte. Muerte, porque mataba a sus hijos con riadas repentinas. Vida, porque hacía brotar las huertas, siempre acompañadas del salmo lastimero de innumerables aceñas.

Giran las norias como ruedas de fortuna, en un único círculo de opuestos. Unas veces vida, otras... muerte. (Continuará)

 

Viejos senderos de al-Ándalus (1)

Viejos senderos de al-Ándalus (1)

Un sendero es una adición de pasos, de voluntades. Es más que una vía para desplazarnos porque, cuando iniciamos uno, interviene nuestra voluntad de recorrerlo pero también, inmanente, la de todos aquellos que lo hollaron hasta convertirlo en tal. Los que, a fuerza de pisarlo, dibujaron su trazo, su anchura, sus curvas, apartaron piedras o, incluso, dejaron otras. Aunamos nuestra voluntad -tal vez inconscientes de los pasos contenidos en él- a la de los que caminaron antes y, como ellos, depositamos huellas, sedimentos físicos de la energía que consumimos, residuos de nuestro paso.

Algunos de estos senderos siguen un destino semejante al del hombre: nacen, se desarrollan y se abandonan a un sueño incierto, que los hace borrosos, y del que no despertarán jamás. El humano también olvida y es olvidado. Quizá sean todas estas afinidades, este entrecruzamiento indivisible, esta urdimbre de destinos, de voluntades,  de sedimentos... hasta la del olvido, la que produzca la misteriosa interacción entre el camino y el caminante. Aquél le ofrece paisaje, rincones, acaso frescura, aromas y la seguridad de un objetivo alcanzable. Éste, su esfuerzo y la garantía de supervivencia que son sus propios pasos. El camino vive por la vida de los hombres. (Continuará)

Ziryab

Ziryab

El día 28 de junio presenté la novela Ziryab, de Jesús Greus, en la Librería Luces, en Málaga a las 20:30.

Fragmento de la presentación:

“... ésta es una historia entretejida con otras y, a pesar de que el atractivo personaje sea la columna sustentadora de la narración, no es simplemente una biografía de Ziryab. El autor descubre un amplio y mágico mirador, de herradura el arco arracimado de mocárabes, a través del que, no sólo se nos concede contemplar el panorama del siglo IX, sino oír el crujido de las sedas u oler las fragancias balsámicas de las resinas aromáticas, quemadas en preciosos pebeteros de plata labrada; casi paladear los platos condimentados con especias autóctonas o traídas de oriente en interminables caravanas de hábiles mercaderes que, junto con ellas y otras mercancías, transportaban valiosos libros, sabedores del interés de los andalusíes por la cultura...”

La diosa de barro

La diosa de barro

Hice la presentación de la novela, La diosa de barro, de José Vicente Pascual, en la Feria del Libro de Córdoba el 23 de abril de 2006 y, en la de Málaga, el 28 de mayo. Fragmento de la presentación:

“...de manera que quedamos atrapados en el mismo centro del escenario, entre birremes romanas, o en tupidos bosques por los que las ardillas recorrían la península con sus patas inmaculadas de tierra; en poblados primitivos, humeantes, del norte, o en Abdera, la vieja Adra, en Axi (Almuñécar) o en Astorga, entonces Astúrica Augusta; con los elementos de fondo exquisitamente cuidados: la gastronomía, el célebre «garum» -aquella salmuera de pescado-, delicioso al paladar romano; el vino de Murgi, la vestimenta de pieles de los mercenarios, las armas, etc., que son esos aparentes pequeños detalles que dan vida a una novela y que permiten que sintamos el salado viento del «Mare Nostrum» en plena cara.”

La luna eclipsada

La luna eclipsada

Atención a este título. El día 21 y en el mismo acto en que se presentó Sueños del Albayzín, en Granada, se dio a conocer también la novela de Rafael Martín Masot, La luna eclipsada, editada en Puzzle por Roca Editorial. Es una novela con garra, con fuerza, con ritmo, con unos personajes perfectamente perfilados que viven en el interior de una trama inesperada. ¡Y qué prosa! ¡Ah! y el escritor, granadino, nació el 29 de diciembre de 1989. Hagan cuentas... ¿No me creen? Léanla. Un orgullo para los que somos autores de Roca.

Zawi

Zawi

El día 21 de junio presenté la novela Zawi, de José Luis Serrano, en la Librería Luces, en Málaga a las 20:30 y el día 22 en FNAC de Marbella a las 20:00. Fragmento de la presentación:

“... Junto a califas, visires, mercenarios o guerreros del desierto cubiertos con el «litham», que tintaba de índigo sus rostros, desfilan sabias mujeres de mágicos espejos, en los que interpretan, con infalible acierto, el decreto de los hados, enseñoreadas de castillos desde donde imponen su inatacable autoridad; alquimistas sufíes, místicos musulmanes trocados, a su pesar, en consejeros áulicos. Incluso sabremos del instante, único, en que se construye, allá en la colina de Monaita, la cisterna que atesora el agua de la Fuente de las Lágrimas.”