José Manuel García Marín



Se muestran los artículos pertenecientes a Julio de 2006.

Viejos senderos de al-Ándalus (3)

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El Aire

 

En la costa se levanta el viento que arrastra briznas de mar hasta Pechina (Almería), la antigua Bayyana, y allí emprende la subida a la Sierra de la Alhamilla para perfumar cabelleras de palmeras. Bate el viento mientras la fuente arroja sus aguas termales, como lo hacía allí mismo otra, la del Conocimiento, cuando el lugar era la cuna del sufismo andalusí, hace nueve siglos, y la boca del maestro, Ibn al-Arif, rezumaba aljófares de sabiduría. Si la una era caliente, la otra abrasaba fibras del alma.

El aire, médula vital, hacía tremolar el manto del “Hijo del Vigilante” en medio del palmeral. Los discípulos, arracimados en torno a él, atendían mensajes de despoja­miento, de aniquilación en Dios, de anonadamiento en el Amor, que posteriormente dejaría por escrito en su “Mahasin al-Mayalis” (“Los Ornatos de las Sesiones”), obra de la que se admiraría Ibn al-Arabí, el murciano, el más grande místico que ha dado el Islam.

En palabras suyas “...favorecido por el castigo y castigado por el favor”, el espíritu de Ibn al-Arif, halcón extático, se remontaba sobre las cimas de la Sierra de la Alhamilla. (Continuará)

02/07/2006 10:40 Autor: josemanuelgarciamarin. #. Tema: Relatos o Artículos propios No hay comentarios. Comentar.

Viejos senderos de al-Ándalus (4)

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La Tierra 

Cualquier camino es bueno para llegar a Córdoba. Todos cumplen, rebasados, los requisitos para descubrir la ciudad califal, elemento tierra, como analogía de la razón humana en contraposición a la vía del arrobamiento espiritual. Sin embargo, esto no es del todo cierto, pues todas aquellas figuras destacadas que cultivaron la razón acabaron por trascenderla: Averroes, que fue perseguido por su exégesis del Corán, demasiado libre, curioso en exceso y excesivo en el respeto a la opinión de un simple adolescente visionario: Ibn al-Arabí. Maimónides, convencido de que la revelación no estaba restringida a determinados seres escogidos, que consideraba fundamental la inspiración, de la que decía que era como “el fogonazo del relámpago en la oscuridad profunda de la noche”.

Entre las columnas de la mezquita de Córdoba, firmes, equilibradas, escrupu­losamente ordenadas, como conviene a la razón, ¿no es el mismo mihrab quien la trasciende? ¿Qué es ese destellar de estrellas?, ¿qué, esa luz enamorada? (Continuará)

Viejos senderos de al-Ándalus (Final)

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El Fuego 

Es Lawsa (Loja), ancestral confluencia de caminos, la que nos conduce a Granada por la vega del Genil, hasta el largo y estrecho cuello de la redoma que comienza en Bib Ilbira y se completa en la roja Assabica. En ella cristalizó la Alhambra, cuajada de mucarnas, tras las que se fraguaron cielos ocultos a la mirada del profano.

 

El propio espacio, los azulejos, las cúpulas, sus muros bordados, contienen el homenaje a las diferentes tradiciones místicas, hermanadas en la convergencia. Los planetas, astros de sublimes firmamentos, instruyen al humilde, que contempla exta­siado la emanación de la Unidad y, una vez rendida la nuca, doblega voluntad y entendimiento a la frase que encuentra bajo sus ojos: “Sólo Alá es victorioso”.

 Cuatro de los leones, los que marcan los puntos cardinales, nos advierten -en las frentes insertos triángulos de fuego-, del fuego que aquí purifica y funde en uno los caminos. Tanto fuego, que aquí quedaron los más bellos rescoldos.

Viejos senderos de al-Ándalus... senderos iluminados.

05/07/2006 08:51 Autor: josemanuelgarciamarin. #. Tema: Relatos o Artículos propios No hay comentarios. Comentar.

LA ENTREGA Ignacio Caparrós

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Quiero arder, abrasándome en mis versos,

como un dios que ha elegido su agonía.

Yo te ofrezco, Señora, los diversos

mundos que fui creando cada día.

 

Por que luzcas mis gemas más brillantes,

por que vengas a mí, como una novia,

yo te ofrezco, Señora, mis instantes

y ese afán de fijarlos, que me agobia.

 

Porque sé que, al besarme, sólo quieres

sofocar esta llama que me alumbra,

desnúdame, Mujer entre mujeres,

Señora del silencio y la penumbra.

 

Y bésame despacio, más despacio...

Y cúbreme de besos hasta el alma...

Y llévame a vivir en tu palacio,

donde dicen que todo queda en calma.

 

Después de haber gozado, sólo un sueño

sin retorno me aborte en tus caderas.

Mi cuerpo junto al tuyo, ya sin dueño,

mi espíritu sin mí, sin las hogueras

 

de aquel fuego en que ardí, por ser del humo

indicio de una llama y de su suerte.

A ti, Señora, entrego cuanto asumo,

mas nunca asumiré, mi Amor: mi muerte.

 
07/07/2006 07:46 Autor: josemanuelgarciamarin. #. Tema: Textos ajenos, pero cercanos No hay comentarios. Comentar.

Granada a pincel

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             Así como con la luz de las hogueras el hombre prehistórico adquirió tiempo y, por tanto, autonomía, cuando estuvo preparado para salir de las cavernas y construir chozas, obtuvo la posibilidad de asentarse, en grupo, en lugares más adecuados o de su gusto, y gozó de una nueva porción de libertad.

Esas cabañas, esos primitivos poblados, fueron el origen de las futuras ciudades. Los materiales empleados, ramas, hojas o pieles, con el paso del tiempo fueron reemplazados por otros más resistentes que les ofrecían mayores garantías de cobijo, así como surgieron rudimentarias vías para moverse entre ellas y plazas para celebrar sus asambleas. Caóticas debían de ser estas calles, estrechas, insuficientes, pero efectivas según sus necesidades. Mas, a medida que el ser humano avanzaba, la “ciudad” debía acoplarse en beneficio de sus habitantes. Con la invención de la rueda se habilitaron avenidas para dar paso a los carros, y con el empleo de la piedra se construyeron murallas de defensa que les proporcionaron seguridad, pero a costa de la limitación del espacio. No quedó más solución que edificar hacia arriba, y las casas crecieron en una o más plantas, diferenciadas entre sí por su tamaño, altura, color, etc. Más tarde se dedicaron a embellecer sus pueblos, sus villas, acaso porque el hombre se complace en la hermosura. Las ciudades entonces tomaron “cuerpo” y se distinguieron unas de otras. Se las dota, pues, de un aspecto particular, una fisonomía que las caracteriza, pero, ¿la fisonomía creada permanece muerta o retorna al hombre en alguna medida? ¿No imprime carácter? ¿No influye sobre el habitante? Si esto es así, recíproco, deduciremos que, observando a la ciudad, obtendremos una aproximación de la idiosincrasia de sus moradores.

La cuestión ahora consiste en elegir un método que nos permita percibirla, y un lugar, si la extensión de la totalidad es considerable. En el caso de Granada, la elección de éste es bien fácil: la vista desde el Albayzin, con el Sacromonte a un lado y al frente el conjunto de la Alhambra. El procedimiento: contemplarla como se hace con un cuadro... (Continuará)

09/07/2006 12:01 Autor: josemanuelgarciamarin. #. Tema: Relatos o Artículos propios No hay comentarios. Comentar.

Granada a pincel (Final)

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...Encontraremos, entonces, la enorme mole del Albayzin, con callejas de líneas sinuosas, voluptuosas, femeninas, entrecortadas por otras igualmente curvadas, que crean un fuerte efecto de movimiento, de ritmo aparentemente incomprensible, si se está inmerso en ellas, pero apacible y armonioso, visto desde arriba, que, aun sin advertirlo, penetra en nuestro ánimo, adecuado don de una acrópolis sagrada de columnas cipresinas. A la izquierda, el Sacromonte, perceptible pero difuminado, como contrapunto de reposo a la mirada.

Las rígidas líneas rectas de la Alhambra, verticales, seguras, estables, cómplices de las horizontales, sin las cuales no son nada, sólidas éstas y masculinas ambas, protegen un mundo de sensualidad, que ocultan, como un cofre de hierro de perfiles dentados, su interior cuajado de encajes. Ellas absorben la atención de nuestras pupilas, descansadas por el efecto de los tonos del Albayzin, ocres y blancos punteados de verde oscuro. Es una masa menor, pero equilibra, por su emplazamiento, en el imaginario lienzo, y por el grueso de las umbrosas pinceladas que semeja el bosquecillo de la colina, con tal efecto de realce, que aísla la Alhambra de la tierra y la hace levitar, como si de una roja llama se tratara, anhelante de cielo. Podría intuirse que ascendiera, que huyera, si no fuera por el límite impuesto por el trazo blanco de las nieves de la sierra, que la retiene estática. Allí se unen hielo y fuego indefinidamente, improfanables, envueltos en el azul granadino; ni aquél se funde, ni éste se extingue.

         Desde esta perspectiva, el observador queda sumido en el silencio, y si, al pasear, tenía un destino al que dirigirse, lo olvida, lo pierde, se abandona, sometido a esa alquimia mágica que lo hará permanecer sumergido, ya para siempre, en esta ciudad, atanor de la belleza. Quizá es que Granada sea el recipiente y nosotros el objeto a transmutar. 

 
11/07/2006 09:43 Autor: josemanuelgarciamarin. #. Tema: Relatos o Artículos propios No hay comentarios. Comentar.

El camino del sol (1)

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      Aún la frescura y el verdor de las umbrías de las corredoiras en la reciente memoria, enfiló las escaleras que bajaban hasta la plaza del Obradoiro, ya atenuada la novedad de la llegada y cumplidos los rituales casi milenarios. La plaza rebosaba de gente expectante a la vista del enorme escenario plantado en un lateral, bajo las estrellas.

      Un fuerte golpe, como el del martillo del herrero contra su yunque, hizo vibrar todo el espacio ayudado por los potentes amplificadores. Inmediatamente le siguió otro, y otros nuevos se fueron sumando hasta componer la caótica melodía de una herrería de cíclopes. De improviso surgió una masa de músicos, cada uno con su instrumento: gaitas, tambores, trompetas, platillos, violines... que se agregaron en rítmicas oleadas, tornán­dose el caos en armonía aunque con fuerza atronadora.

      En su cerebro se hizo lugar la imagen nítida de una multitud en las montañas. Eran guerreros celtas, todo un ejército, pero no dispuestos para el combate. Flameaban las banderas al viento, los caballos se levantaban sobre sus patas traseras, piafaban nerviosos, rompían en relinchos. Los guerreros profirieron gritos hasta aunarse en un cántico, secundado por los tambores y las gaitas. No había guerra; era la unión de los pueblos y la celebración de la diosa madre, la Tierra que, atendiéndoles, les transmitía su energía, su fuerza, visible en los cuellos y nervios de sus corceles, que parecían percibirla a través de sus patas... 

    

      Volvieron a su mente las escenas vividas. El paso por los caminos, las piedras, el sudor, la soledad por la Tierra de Campos, el polvo, blancas las botas, blanco el camino, tostado el campo abrasado por el sol. Los símbolos, las cruces templarias, la tau antoniana, los hospitales, descanso y consuelo de anónimos peregrinos sumidos en la lejanía del tiempo, grabada su pisada en el eco de las piedras. La contemplación entretenida en los milladoiros, alzados en lugares inesperados; montículos de piedras depositadas como homenaje y solicitud a los dioses bienhechores de los caminantes. Invocaciones milenarias cuya existencia actual admira y desconcierta... (Continuará)

El camino del sol (2)

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      La sucesión de viejas ermitas, de iglesias románicas, piedras también, piedras venerables que guardan en su interior la sagrada elevación del hombre bajo el manto de la penumbra. Las marcas de los canteros, el esfuerzo, el agotamiento, la purificación. La luz, la luz en torrente, la “luz de León”. Los cientos, quizá miles, matices de la luz. La alquimia de la luz en la materia, sublime preludio de la alquimia de la luz en el espíritu.

     Vibró su alma extasiada ante una catedral erigida al Conocimiento que, en principio, procede del exterior, para descubrir que el protagonismo no lo acapara el gótico del interior, sino la luz que proviene de fuera y que al penetrar por las bellísimas vidrieras origina esa multiplicidad de colores ("...Una es la luz, pero el color es vario, afines o contrarios, a tu antojo." Ibn Zamrak); la luz que, al interiorizarse, produce la alquimia, la transmutación que debe realizar el hombre con el conocimiento que percibe fuera, asumiéndolo, haciéndolo suyo. La luz que hace la luz.

     Andar en la madrugada, a punto de amanecer, de encenderse el cielo. Abajo, valles inmensos; alrededor, enormes montañas. Parar, hay que parar ante la grandeza que dilata el asombro. Seguir para parar de nuevo por una lágrima de rocío sobre una ínfima flor; absorto, arrobado por el misterioso y delicado destello de esencia que traslada a otros vislumbres, que reducen la noción del tiempo y del espacio. A la vuelta, una nube de mariposas; al pasar entre ellas, inesperada, la frase de Ibn Hazm: “Exhalo amor de mi como el aliento y dejo las riendas del alma a mis ojos enamorados”. El cuerpo más ligero, más liviano, aun en las subidas; es el efecto de la frase, que envía a otros mundos, a los confines de otras vivencias, ¿quizá a otras vidas? Es un camino cristiano, ¿podría recorrerlo un sufí? ¿Acaso templarios no recorrieron caminos sufis?

     Era temprana la mañana cuando alcanzó las pallozas. El cuerpo bañado de sudor; el pecho, colmado de jadeos. La pequeña iglesia prerrománica esperaba abierta. Al entrar en ella, se cruzó con otro peregrino. Sonaban cánticos gregorianos suavemente, tan tenues como las sombras del diminuto templo... (Continuará)  

20/07/2006 09:10 Autor: josemanuelgarciamarin. #. Tema: Relatos o Artículos propios No hay comentarios. Comentar.

El camino del sol (Final)

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      Al fondo, el cáliz de reflejos dorados cuyo vino, allí mismo, se convirtió en sangre en otro tiempo, el Grial. La alegoría de aquello que busca el hombre que ansía comprender y que, cuando lo halla, no necesita buscar porque lo encuentra en todas partes, donde estuvo siempre: en la tierra, en el agua, en el cielo, en la mirada de aquel peregrino, oculto detrás de sus ojos, tal vez ignorantes de su divino contenido.

      Sentado, ve en la distancia grupos que coronan cerros, que descienden altozanos, paso a paso, cumplidores todos del camino, pero cada cual del suyo, sudando su propio esfuerzo. No hay diferencias de edad, ni de sexo, sólo complicidades entre cientos de motivos; cada uno, una gota de ternura. Hay que curar los pies dañados y al ser curado, admitir no haber tratado con el mismo amor, aquellos pies desconocidos, no haberse reconocido en el otro, en la otra. Sentimiento de pesar que no abandona ni al cruzar la refrescante nube, subido a la lluvia. “Arrepiéntete para después arrepentirte de haberte arrepentido”.

      Al doblar el recodo, irrumpe el sentimiento inquietante, la conciencia de la soledad, el miedo. Se desata la reacción; desde el núcleo de su corazón se abre camino la fuerza que lo supera, ¿cómo perderse en el bosque, si es el bosque el que puede perderse en él? Ahora es la emoción, henchida de placer, que sustituye al miedo, la magia del poder. Ya no hay senderos por los que perderse porque puede andarlos todos, pero ninguno a él.

      Se acaban las corredoiras, largas, frescas, techadas de hojas verdes con muros de castaños aterciopelados por el musgo, piedras de calzadas romanas entre hilos de agua. Es el final de tantos pasos; la recompensa, que espera en un arca dentro del templo, no es sino de unos huesos que claman, que atraen. No se sabe bien de quién, acaso los de todos. 

      ... Las crines se levantan al viento al lanzarse, de súbito, al galope. Decenas de guerreros crean un círculo en movimiento, un torbellino de hombres a caballo, simulando el simbólico “triskel”. En el centro de la polvareda una figura, un anciano, el druida con el poderoso muérdago entre las manos... En su recuerdo brotó la estampa de la que imaginó señora de los bosques. Ojos de aguas profundas y voz de aguas tranquilas. 

22/07/2006 10:59 Autor: josemanuelgarciamarin. #. Tema: Relatos o Artículos propios No hay comentarios. Comentar.

Desde el espíritu de al-Ándalus

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          No me interesa de qué país es esta niña, ni la lengua en la que grita, ni a qué dios brinda sus oraciones. Me importan su dolor, su indefensión, su amargura, sus ojos aterrados, helados por el asombro. Asombro, sí. Porque, sin duda, habrá oído cientos de veces cómo debe comportarse para ser una mujer responsable.

          La imagino estupefacta ante la obra de esos “adultos responsables” que la han herido y matado a su familia, que han acabado con la vida de otros niños y con los padres, tíos, abuelos y abuelas de éstos, sus amigos.

          No querría que supiera, aunque ya es tarde, que los mayores hemos consentido un mundo gobernado por locos, enfermos agudos de codicia, donde lo absurdo preside el discurso y la ética ha sido desterrada. Donde, para disfrazar los ocultos objetivos, inconfesables siempre, de esos crueles dirigentes, se nos cultiva el odio, la indiferencia ante lo humano, la ceguera de la razón o la incongruencia de que a la vida, a la armonía entre los seres, se la ordena con la muerte. Un universo estrecho, miserable, en el que damos prioridad al color de la piel que nos envuelve. Un mundo, en fin, reducido a tal simpleza, tan patético, que no se preocupa nunca del regalo y sí del envoltorio. ¿Cómo explicarle –a qué lógica subordinarme-, que el gobierno que pretende salvarnos de bombas nucleares es quien más tiene en sus arsenales y el único que las ha empleado?

Tampoco quiero que se entere de que existen alineaciones “globales”, más disgregantes que unificadoras, para mayor paradoja, y que es posible que estemos en bandos contrarios; que es probable que, según dictan unos individuos con olor a vaca en las limusinas y a muerto en sus conciencias, ella... ella sea mi enemiga.

Sí, en cambio, deseo contarle que mis raíces se hunden en la tierra de un pueblo que supo convivir, pese a quien pese, durante ochocientos años, entre religiones diferentes. Las mismas que se enfrentan hoy en Oriente Medio. Nosotros, andalusíes, entonamos el Cantar de los Cantares en sinagogas con ventanas de alabastro; nosotros ensalzamos a Allah en mezquitas de esplendorosos arcos de herradura, también nuestros; nosotros seguimos a Jesús en iglesias mozárabes, sublimes, por delicadas.

Es aquí, en la querida Sefarad, sentado en la vieja al-Ándalus, con la autoridad que confiere la cuna de la tolerancia, la cultura y el amor a la belleza de la piedra esculpida con palabras, cinceles de poesía, desde donde reclamo la cordura.

Decidme, judíos, ¿podríais hoy consultar a nuestro eminente nagid cordobés, Maimónides, y relatarle tanto despropósito sin que os interrumpiera para maldeciros? ¿Tendríais argumentos ante él?

Explicadme, musulmanes, ¿acaso sostendríais la mirada iracunda del más admirado de los filósofos de Córdoba, el inmortal Averroes? ¿Con qué clase de especulaciones osaríais contradecir al más grande de los místicos del Islam, el murciano Ibn al-Arabí?

¿Y la palabra de Cristo, cristianos? ¿Cuántos siglos hace que huyó de la boca de los papas, si es que estuvo en ella alguna vez? Qué cómodo el silencio, y qué bien sirve a vuestros fines.

 

¿En qué habéis derivado? ¿Es concebible tamaño disparate en hombres serios, maduros? ¿No es, quizá, más propio de caprichosos niños que se culpan unos a otros en el patio del recreo? Necios, ¿a qué terrorífico jardín de infancia pertenecéis?

Venid a beber en las serenas fuentes de la Alhambra. Que se esponje vuestro corazón, si algo os queda de él. Leed en esas cúpulas, en esos muros, y tomad ejemplo. Sentiréis el frescor de la paz contagiada.

José Manuel García Marín

Julio de 2006





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